Aclaración: en el anime Psycho-Pass, las personas
son juzgadas por su coeficiente de criminalidad (capacidad de cometer actos
ilegítimos), que se refleja en su matriz (que varía de clara a oscura cuanto
menor o mayor es el coeficiente). Cuando un inspector sobrepasa cierto límite
en su matriz, es degradado y declarado criminal latente, pero aun así puede
seguir trabajando en la policía como ejecutor.
Seguramente,
aquel viernes que acababa de empezar sería tan monótono como las últimas
semanas. O meses. Quizás años. Desde que su compañero, Kougami Shinya, había
perdido a Sasayama a manos de Makishima Shougo, no había vuelto a ser el mismo:
Kougami fue degradado de inspector a ejecutor al ser declarado un criminal
latente. Y fue a partir de ese incidente que el mundo entero de Ginoza se había
dado vuelta: Kougami había dejado de ser su compañero, y el tiempo que pasaban
juntos se había reducido al mínimo. Aunque, a pesar de que odiara admitirlo,
los sentimientos de Ginoza no habían cambiado en lo más mínimo.
Primero, su
padre; ahora, su compañero. Ginoza creía que tenía un imán para que las personas
que lo rodeaban se convirtieran en criminales latentes. Acaso eso le pasaría a
él también alguna vez? No quería ni pensarlo, el hecho de que algo así pudiera suceder
enturbiaba su matriz.
Al convertirse en
ejecutor, Kougami había perdido la mayoría de sus libertades, entre las que se
encontraban las visitas regulares al departamento de Ginoza. Claro que no eran
simples visitas amistosas: Gino realmente estaba enamorado de él, y ahora
apenas podía verlo fuera del horario laboral. Además, tenía la sensación de que
Makishima era la única persona que merodeaba por la mente de Kougami, lo cual
lo llenaba de celos. Por qué? Por qué había tenido que aparecer aquel sujeto de
pelo blanco a quitarle lo que más preciaba?
Gino no estaba
seguro de si Kougami sentía lo mismo por él, pero el sólo hecho de sentir sus
fuertes manos contra su cuerpo hacía que cualquier duda se despejara. Después de
todo, poco le importaba si Kougami simplemente lo utilizaba para descargar su
masculinidad: él era feliz con un sencillo beso o una mirada furtiva desde el
escritorio de enfrente en la oficina. Muchas veces le había dado vueltas al
asunto, intentando descubrir alguna pista que pudiera decirle si Kougami lo
amaba o no, pero cada intento terminaba en lágrimas o en la ingesta de excesivas
cantidades de alcohol. “- Kou, dime la verdad. Qué es lo que sientes por mí?-”.
Mil y una veces había dado vueltas en su cabeza esa hipotética situación, pero
nunca había tenido el valor de llevarla a cabo.
“Kou! Maldición, a quién mierda tienes en
mente?!”, había exclamado Gino, en la soledad de su casa aquel viernes por la
noche, acompañado únicamente por un disco instrumental y una botella de vodka. Aunque
no lo quisiera, las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro. Él simplemente quería
emborracharse hasta quedarse profundamente dormido y despertar al día siguiente
con la mente en blanco. Realmente lo extrañaba, odiaba admitirlo pero así era. Extrañaba
su olor luego de pasar la noche juntos, su pelo alborotado en todo momento,
extrañaba incluso el molesto humo de su cigarrillo. No podía evitarlo, una sucesión
de imágenes aparecían en su cabeza como una película de guerra: herida tras
herida, las escenas le destrozaban el alma.
Aquella noche,
Ginoza no tuvo sueños, sólo recuerdos en su mente mientras dormía: recordó la
primera vez que había estado con Kougami, recordó cómo había sido aquella
situación llena de confusión y ardientes deseos de devorarse uno al otro,
recordó la mañana siguiente y las nerviosas miradas en la oficina, puros
recuerdos. Por una parte, su mente estaba completamente vacía al despertar,
pero un sentimiento de nostalgia llenaba su corazón.
“Veo que no
hiciste bien tu trabajo”, le dijo Gino al despertar a la botella de vodka vacía
que yacía a su lado. Intentó despejarse con una ducha rápida, cuando se dio
cuenta de que las notas para el reporte que debía entregar a comienzos de semana
habían quedado en la oficina. Tomó un ligero desayuno y se dirigió a su lugar
de trabajo: decidió que, si iba a quedarse en casa a sentirse miserable, por lo
menos le sacaría provecho y terminaría aquel reporte.
Al llegar a la
oficina, al ser sábado por la mañana, no
había nadie en el recinto, por lo que se dirigió directamente a su escritorio a
buscar lo que necesitaba. Mientras revisaba sus cajones buscando las notas, con
una mirada de soslayo vislumbró el saco de Kougami, que éste había dejado
olvidado allí el día anterior. Todo lo de la pasada noche volvió a su mente y
Ginoza debió reprimir un sollozo. Tomó sus notas, que finalmente estaban en el
último cajón de su escritorio, se paró derecho mirando al frente y salió de la
oficina, sin antes pasar la mano por encima del saco de Kougami mientras pasaba
a su lado. No podría tocarlo a él, por lo que debió conformarse con tocar su
saco y correr a su casa.
Una vez de vuelta
en su apartamento, arrojó los papeles sobre la mesa de la sala de estar y se
dirigió a su habitación. Una vez más, aunque ahora sin la influencia del
alcohol, enterró la cabeza en la almohada y sus ojos comenzaron a llover,
mojando las sábanas. Hasta cuándo debía durar esa tortura?
Esto se me ocurrió, en parte, pensando en la historia que me pasó Nasma hoy al mediodía. Gracias Nas, leer tu corto me dio ganas de escribir algo que no fuera comedia.
Me costó muchísimo escribirlo, sobre todo porque no puedo separarme de los sentimientos de Ginoza, pero por algo se empieza :)
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