3 de septiembre de 2014

Nostalgia

Aclaración: en el anime Psycho-Pass, las personas son juzgadas por su coeficiente de criminalidad (capacidad de cometer actos ilegítimos), que se refleja en su matriz (que varía de clara a oscura cuanto menor o mayor es el coeficiente). Cuando un inspector sobrepasa cierto límite en su matriz, es degradado y declarado criminal latente, pero aun así puede seguir trabajando en la policía como ejecutor.

Seguramente, aquel viernes que acababa de empezar sería tan monótono como las últimas semanas. O meses. Quizás años. Desde que su compañero, Kougami Shinya, había perdido a Sasayama a manos de Makishima Shougo, no había vuelto a ser el mismo: Kougami fue degradado de inspector a ejecutor al ser declarado un criminal latente. Y fue a partir de ese incidente que el mundo entero de Ginoza se había dado vuelta: Kougami había dejado de ser su compañero, y el tiempo que pasaban juntos se había reducido al mínimo. Aunque, a pesar de que odiara admitirlo, los sentimientos de Ginoza no habían cambiado en lo más mínimo.

Primero, su padre; ahora, su compañero. Ginoza creía que tenía un imán para que las personas que lo rodeaban se convirtieran en criminales latentes. Acaso eso le pasaría a él también alguna vez? No quería ni pensarlo, el hecho de que algo así pudiera suceder enturbiaba su matriz.
Al convertirse en ejecutor, Kougami había perdido la mayoría de sus libertades, entre las que se encontraban las visitas regulares al departamento de Ginoza. Claro que no eran simples visitas amistosas: Gino realmente estaba enamorado de él, y ahora apenas podía verlo fuera del horario laboral. Además, tenía la sensación de que Makishima era la única persona que merodeaba por la mente de Kougami, lo cual lo llenaba de celos. Por qué? Por qué había tenido que aparecer aquel sujeto de pelo blanco a quitarle lo que más preciaba?
Gino no estaba seguro de si Kougami sentía lo mismo por él, pero el sólo hecho de sentir sus fuertes manos contra su cuerpo hacía que cualquier duda se despejara. Después de todo, poco le importaba si Kougami simplemente lo utilizaba para descargar su masculinidad: él era feliz con un sencillo beso o una mirada furtiva desde el escritorio de enfrente en la oficina. Muchas veces le había dado vueltas al asunto, intentando descubrir alguna pista que pudiera decirle si Kougami lo amaba o no, pero cada intento terminaba en lágrimas o en la ingesta de excesivas cantidades de alcohol. “- Kou, dime la verdad. Qué es lo que sientes por mí?-”. Mil y una veces había dado vueltas en su cabeza esa hipotética situación, pero nunca había tenido el valor de llevarla a cabo.
 “Kou! Maldición, a quién mierda tienes en mente?!”, había exclamado Gino, en la soledad de su casa aquel viernes por la noche, acompañado únicamente por un disco instrumental y una botella de vodka. Aunque no lo quisiera, las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro. Él simplemente quería emborracharse hasta quedarse profundamente dormido y despertar al día siguiente con la mente en blanco. Realmente lo extrañaba, odiaba admitirlo pero así era. Extrañaba su olor luego de pasar la noche juntos, su pelo alborotado en todo momento, extrañaba incluso el molesto humo de su cigarrillo. No podía evitarlo, una sucesión de imágenes aparecían en su cabeza como una película de guerra: herida tras herida, las escenas le destrozaban el alma.

Aquella noche, Ginoza no tuvo sueños, sólo recuerdos en su mente mientras dormía: recordó la primera vez que había estado con Kougami, recordó cómo había sido aquella situación llena de confusión y ardientes deseos de devorarse uno al otro, recordó la mañana siguiente y las nerviosas miradas en la oficina, puros recuerdos. Por una parte, su mente estaba completamente vacía al despertar, pero un sentimiento de nostalgia llenaba su corazón.
“Veo que no hiciste bien tu trabajo”, le dijo Gino al despertar a la botella de vodka vacía que yacía a su lado. Intentó despejarse con una ducha rápida, cuando se dio cuenta de que las notas para el reporte que debía entregar a comienzos de semana habían quedado en la oficina. Tomó un ligero desayuno y se dirigió a su lugar de trabajo: decidió que, si iba a quedarse en casa a sentirse miserable, por lo menos le sacaría provecho y terminaría aquel reporte.
Al llegar a la oficina,  al ser sábado por la mañana, no había nadie en el recinto, por lo que se dirigió directamente a su escritorio a buscar lo que necesitaba. Mientras revisaba sus cajones buscando las notas, con una mirada de soslayo vislumbró el saco de Kougami, que éste había dejado olvidado allí el día anterior. Todo lo de la pasada noche volvió a su mente y Ginoza debió reprimir un sollozo. Tomó sus notas, que finalmente estaban en el último cajón de su escritorio, se paró derecho mirando al frente y salió de la oficina, sin antes pasar la mano por encima del saco de Kougami mientras pasaba a su lado. No podría tocarlo a él, por lo que debió conformarse con tocar su saco y correr a su casa.

Una vez de vuelta en su apartamento, arrojó los papeles sobre la mesa de la sala de estar y se dirigió a su habitación. Una vez más, aunque ahora sin la influencia del alcohol, enterró la cabeza en la almohada y sus ojos comenzaron a llover, mojando las sábanas. Hasta cuándo debía durar esa tortura?


Esto se me ocurrió, en parte, pensando en la historia que me pasó Nasma hoy al mediodía. Gracias Nas, leer tu corto me dio ganas de escribir algo que no fuera comedia.
Me costó muchísimo escribirlo, sobre todo porque no puedo separarme de los sentimientos de Ginoza, pero por algo se empieza :)

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