4 de septiembre de 2014

Alegría Visible, Tristeza Oculta

Siempre, desde que lo había visto por primera vez, supo que él era la persona a quien querría por el resto de sus días. Y  decidir eso no era una nimiedad, ya que para un shinigami, los días no están contados y pueden ser infinitos.

Frente a las personas, siempre se mostraba alegre, desinhibido y juguetón, aunque en el fondo de su corazón, un solo nombre ocupaba todo el espacio: Sebastian Michaelis era todo su mundo, el relleno de su alma y el centro de todos sus pensamientos. Él, un shinigami; su amado, un mayordomo demonio; una relación prohibida por las reglas pero que, aun así, sucedía dentro de Grell Sutcliff.
Cada vez que salía a trabajar, rogaba para que Ciel Phantomhive y su mayordomo aparecieran en escena para poder ver, una vez más, a Sebastian. Claro que no todas las veces sucedía, pero cuando sí pasaba, él era el más feliz de todos los dioses de la muerte. Si bien Sebastian no lo soportaba (o eso aparentaba), el solo hecho de poder luchar juntos contra alguna otra fuerza sobrenatural, le daba energía suficiente a Grell para que su pequeña tijera se convirtiera en la más grande guadaña de la muerte.
Pero, lo que nadie ni siquiera imaginaba, era lo que sucedía en casa de Grell una vez terminado el trabajo, luego de un día en que ninguna de sus asignaciones incluía una “cuota de Sebastian”. Normalmente, su piso en la residencia de los shinigamis estaba hecho un desastre: almohadones tirados por doquier, envoltorios de golosinas en el piso y ropa arrumbada en los rincones. En aquellos días en los que no veía a Sebastian, Grell sencillamente se arrojaba sobre lo que fuera que estuviera en el piso y se sentaba a imaginar. No necesariamente algo específico, sino simplemente imaginar cómo sería su existencia inmortal si su amado le prestara atención.
En un arranque de ira mezclada con tristeza, arrojaba los anteojos lejos de él, no le importaba dónde, solamente lejos; recogía su larga melena roja en un suelto rodete, tiraba su capa y su guadaña en alguna silla, y se dejaba caer al suelo para contemplar el techo. No necesitaba comer o beber nada para asegurar su subsistencia, pero había algo en su interior que reaccionaba a los dulces y lo sacaba del mundo real para, justamente, llevarlo al mundo de la imaginación; algo así como el alcohol en los humanos.
Ocasionalmente, algún shinigami vecino pasaba a golpearle la puerta para ver si quería salir a charlar un rato por los jardines de la residencia. Cuando esto sucedía, Grell usaba toda su concentración para buscar rápidamente todas las piezas de su atuendo y transformar su rostro en uno que irradiara felicidad y alegría a quien lo viera pasar. Claro que todo era una fachada para no mostrar al mundo exterior lo que realmente sentía; ya lo había hecho una vez, el mostrar sus sentimientos, y no le había ido nada bien, desde ese día que decidió ser un cascabel para quien se le pusiera adelante pero un frágil cachorro dentro de la seguridad de su piso.

Aquel día había sido particularmente malo: dos de las diez almas que debía recoger habían sido robadas y Will, su superior, se había enojado con él. Como siempre, sin perder la alegría intentó excusarse sobre lo sucedido, antes de ser enviado a casa con una suspensión de dos días. Pensando que no debía ir a trabajar al día siguiente, Grell se detuvo en una tienda y compró todas las bolsas de dulces que su bolsillo le permitía pagar. Llegó a la residencia, saludó a algunos compañeros que apenas estaban saliendo al trabajo (dado que la muerte no tiene descanso, los shinigamis pueden trabajar tanto de día como se noche) y se dirigió directamente a su piso.
Como era costumbre, arrojó los anteojos contra la biblioteca del fondo, se quitó la capa y recogió su cabello para luego desplomarse sobre una montaña de camisas usadas que había en el suelo. Mirando fijamente al caramelo que acababa de sacar de su bolsillo, rojo como los ojos de Sebastian, la cara del demonio vino inmediatamente a su mente. “Esto, es por ti”, dijo en voz alta Grell, antes de tragar el dulce sin siquiera masticarlo para poder sentirle el sabor. Casi instantáneamente, un calor le subió por el pecho hasta llegar a su cara: su boca ardía y sus ojos se llenaron de lágrimas. No pudo evitarlo y comenzó a imaginar cosas, mientras su cara se mojaba con las gotas saladas: imaginaba un picnic, sólo ellos dos frente al río, desde el mediodía hasta el atardecer, hablando de cosas sin sentido y recostándose uno contra el otro para mirar a los patos jugar en el agua. Imaginó una salida nocturna, una cena a la luz de las cálidas velas en el jardín de la Mansión Phantonhive que Ciel les dejaría usar por sólo esa noche, comiendo algo cocinado especialmente por el mayordomo. Imaginó una pelea codo a codo con Sebastian, la cual terminaría en triunfo para ellos y se irían a festejar a una cafetería elegante.
Entre imágenes que bailaban en su mente, Grell cayó rendido ante el sueño, el cual le trajo aún más situaciones hipotéticas y felices de él y Sebastian. Definitivamente, aquella sería una de esas noches en las que deseaba no ser un cascabel frente a todos y poder hablar de sus sentimientos como realmente eran, y no ocultarlos bajo esa alegría falsa que todos compraban cuando lo veían.

A la mañana siguiente, despertó con los primeros rayos del sol filtrándose por su ventana. Miró al exterior y recordó que no tenía que ir a trabajar por la estúpida suspensión del día anterior. El día anterior… Miró a su alrededor y todos los envoltorios de dulces le devolvieron los recuerdos de la noche. Una punzada le atravesó el estómago, de lado a lado y de atrás hacia adelante. Decidió irse a su habitación y cerrar las cortinas para tirarse a dormir hasta que la tristeza desapareciera.
Mientras intentaba calcular cuánto tiempo sería eso, bajó la vista hacia un pequeño muñeco de tela que había hecho el día que quedó flechado por Sebastian: tenía sus ojos, su pelo y su sonrisa, junto con un diminuto trajecito de mayordomo a modo de vestimenta. Nuevamente, los ojos de Grell se inundaron al ver al muñequito. Lo levantó del suelo, lo abrazó y se arrojó a su cama. Volvió a quedarse dormido antes de poder resolver la ecuación del tiempo que le llevaría hacer desaparecer la tristeza que le generaba la falta de Sebastian en su vida.

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