Siempre, desde
que lo había visto por primera vez, supo que él era la persona a quien querría
por el resto de sus días. Y decidir eso
no era una nimiedad, ya que para un shinigami, los días no están contados y
pueden ser infinitos.
Frente a las
personas, siempre se mostraba alegre, desinhibido y juguetón, aunque en el
fondo de su corazón, un solo nombre ocupaba todo el espacio: Sebastian
Michaelis era todo su mundo, el relleno de su alma y el centro de todos sus
pensamientos. Él, un shinigami; su amado, un mayordomo demonio; una relación prohibida
por las reglas pero que, aun así, sucedía dentro de Grell Sutcliff.
Cada vez que
salía a trabajar, rogaba para que Ciel Phantomhive y su mayordomo aparecieran
en escena para poder ver, una vez más, a Sebastian. Claro que no todas las
veces sucedía, pero cuando sí pasaba, él era el más feliz de todos los dioses
de la muerte. Si bien Sebastian no lo soportaba (o eso aparentaba), el solo
hecho de poder luchar juntos contra alguna otra fuerza sobrenatural, le daba
energía suficiente a Grell para que su pequeña tijera se convirtiera en la más
grande guadaña de la muerte.
Pero, lo que
nadie ni siquiera imaginaba, era lo que sucedía en casa de Grell una vez
terminado el trabajo, luego de un día en que ninguna de sus asignaciones
incluía una “cuota de Sebastian”. Normalmente, su piso en la residencia de los
shinigamis estaba hecho un desastre: almohadones tirados por doquier, envoltorios
de golosinas en el piso y ropa arrumbada en los rincones. En aquellos días en
los que no veía a Sebastian, Grell sencillamente se arrojaba sobre lo que fuera
que estuviera en el piso y se sentaba a imaginar. No necesariamente algo
específico, sino simplemente imaginar cómo sería su existencia inmortal si su
amado le prestara atención.
En un arranque de
ira mezclada con tristeza, arrojaba los anteojos lejos de él, no le importaba
dónde, solamente lejos; recogía su
larga melena roja en un suelto rodete, tiraba su capa y su guadaña en alguna
silla, y se dejaba caer al suelo para contemplar el techo. No necesitaba comer
o beber nada para asegurar su subsistencia, pero había algo en su interior que
reaccionaba a los dulces y lo sacaba del mundo real para, justamente, llevarlo
al mundo de la imaginación; algo así como el alcohol en los humanos.
Ocasionalmente, algún
shinigami vecino pasaba a golpearle la puerta para ver si quería salir a
charlar un rato por los jardines de la residencia. Cuando esto sucedía, Grell
usaba toda su concentración para buscar rápidamente todas las piezas de su
atuendo y transformar su rostro en uno que irradiara felicidad y alegría a
quien lo viera pasar. Claro que todo era una fachada para no mostrar al mundo
exterior lo que realmente sentía; ya lo había hecho una vez, el mostrar sus
sentimientos, y no le había ido nada bien, desde ese día que decidió ser un
cascabel para quien se le pusiera adelante pero un frágil cachorro dentro de la
seguridad de su piso.
Aquel día había sido
particularmente malo: dos de las diez almas que debía recoger habían sido
robadas y Will, su superior, se había enojado con él. Como siempre, sin perder
la alegría intentó excusarse sobre lo sucedido, antes de ser enviado a casa con
una suspensión de dos días. Pensando que no debía ir a trabajar al día
siguiente, Grell se detuvo en una tienda y compró todas las bolsas de dulces que
su bolsillo le permitía pagar. Llegó a la residencia, saludó a algunos
compañeros que apenas estaban saliendo al trabajo (dado que la muerte no tiene
descanso, los shinigamis pueden trabajar tanto de día como se noche) y se
dirigió directamente a su piso.
Como era
costumbre, arrojó los anteojos contra la biblioteca del fondo, se quitó la capa
y recogió su cabello para luego desplomarse sobre una montaña de camisas usadas
que había en el suelo. Mirando fijamente al caramelo que acababa de sacar de su
bolsillo, rojo como los ojos de Sebastian, la cara del demonio vino
inmediatamente a su mente. “Esto, es por ti”, dijo en voz alta Grell, antes de
tragar el dulce sin siquiera masticarlo para poder sentirle el sabor. Casi instantáneamente,
un calor le subió por el pecho hasta llegar a su cara: su boca ardía y sus ojos
se llenaron de lágrimas. No pudo evitarlo y comenzó a imaginar cosas, mientras
su cara se mojaba con las gotas saladas: imaginaba un picnic, sólo ellos dos
frente al río, desde el mediodía hasta el atardecer, hablando de cosas sin
sentido y recostándose uno contra el otro para mirar a los patos jugar en el
agua. Imaginó una salida nocturna, una cena a la luz de las cálidas velas en el
jardín de la Mansión Phantonhive que Ciel les dejaría usar por sólo esa noche,
comiendo algo cocinado especialmente por el mayordomo. Imaginó una pelea codo a
codo con Sebastian, la cual terminaría en triunfo para ellos y se irían a
festejar a una cafetería elegante.
Entre imágenes que
bailaban en su mente, Grell cayó rendido ante el sueño, el cual le trajo aún
más situaciones hipotéticas y felices de él y Sebastian. Definitivamente,
aquella sería una de esas noches en las que deseaba no ser un cascabel frente a
todos y poder hablar de sus sentimientos como realmente eran, y no ocultarlos
bajo esa alegría falsa que todos compraban cuando lo veían.
A la mañana
siguiente, despertó con los primeros rayos del sol filtrándose por su ventana. Miró
al exterior y recordó que no tenía que ir a trabajar por la estúpida suspensión
del día anterior. El día anterior… Miró a su alrededor y todos los envoltorios
de dulces le devolvieron los recuerdos de la noche. Una punzada le atravesó el
estómago, de lado a lado y de atrás hacia adelante. Decidió irse a su habitación
y cerrar las cortinas para tirarse a dormir hasta que la tristeza desapareciera.
Mientras intentaba
calcular cuánto tiempo sería eso, bajó la vista hacia un pequeño muñeco de tela
que había hecho el día que quedó flechado por Sebastian: tenía sus ojos, su
pelo y su sonrisa, junto con un diminuto trajecito de mayordomo a modo de
vestimenta. Nuevamente, los ojos de Grell se inundaron al ver al muñequito. Lo levantó
del suelo, lo abrazó y se arrojó a su cama. Volvió a quedarse dormido antes de
poder resolver la ecuación del tiempo que le llevaría hacer desaparecer la
tristeza que le generaba la falta de Sebastian en su vida.
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