14 de octubre de 2014

Biografía

Prólogo
Recostado en aquel callejón oscuro mirando al cielo, creyó que realmente iba a morir. Había perdido toda voluntad de vida, de salir adelante y buscar un futuro mejor. De verdad pensaba que allí acabaría su pobre existencia luego de una fuerte pelea con los guardaespaldas de cierto sujeto que las personas con las que él solía juntarse y hacerle “favores” habían mandado a seguir. Sin pensar siquiera que, minutos después, podría aparecer una mano amable que lo ayudase a ponerse sobre sus propios pies, Sagara Rei comenzó a reflexionar sobre su vida hasta aquel momento…

Pasado
Nacido en cuna pobre y sin tener idea de quién era su padre, Rei se crió prácticamente solo, ya que su madre debía trabajar gran parte del día para poder mantenerlos. Siempre se había preguntado sobre las familias de los compañeros de su escuela, sobre todo en la primaria, cuando todavía no comprendía demasiado bien de qué iba la vida. Una vez que hubo entrado a la secundaria, ya entendía perfectamente que debía prepararse su comida con lo que consiguiera o aprovechar cuando alguien quisiera convidarle una galletita o un caramelo; entendía perfectamente que debía llegar a su casa y ordenar todo para que su madre no lo regañara al volver; entendía que si quería salir adelante, debía juntarse con las personas adecuadas. Claro que a los ojos de un niño, cualquiera que le diera lo que necesitara era “el adecuado”.

A los doce años, cuando comenzó la secundaria baja, comenzó a darse cuenta de que “los adecuados” eran los bravucones de la escuela, aquellos que tenían todo lo que querían a fuerza de utilizar la violencia para conseguirlo. Rei ansiaba tener todo eso: ansiaba tener zapatillas nuevas, ansiaba tener lapiceras que funcionaran, ansiaba ser fuerte como aquellos chicos para poder defenderse cuando le fuera necesario. Paulatinamente, comenzó a acercarse a aquella peligrosa pandilla que aterrorizaba a los estudiantes de su edad e incluso a algunos más grandes. Al ver en él un potencial miembro a quien podían manejar fácilmente, la banda lo integró rápidamente, pidiéndole que hiciera las tareas más desagradables que nadie quería realizar.
De alguna manera, Rei lograba conseguir buenas notas aún sin necesidad de estudiar demasiado. Y luego, esas respuestas se las daba a la banda para que comerciara con ellas dentro del colegio y así conseguirse algo de dinero de bolsillo para andar. Luego de algunos meses, la pandilla notó que no solamente aquel chico tenía potencial para los negocios sino también aptitudes físicas, por lo que comenzaron a enviarlo a las peleas con las bandas enfrentadas con ellos. Claro que, siendo el colegio secundario, eran peleas por nimiedades como los espacios para el almuerzo o quién tenía derecho a darles algo a las chicas en el día de San Valentín. Por más ínfimas que fueran las luchas, Rei absorbía todo lo que iba aprendiendo: “después de todo, algún día quizás yo esté en su lugar y deba manejar a otro debilucho con potencial”, pensaba cuando le tocaba realizar alguna tarea que le disgustaba.

Habiendo cumplido los quince años, Rei ingresó a la secundaria alta con muchos de los que habían sido sus compañeros de pandilla en la escuela anterior, por lo que nuevamente se agruparon para tomar control de aquel lugar, “disciplinando” a quienes se atrevían a contradecirlos o a ponerse en su camino. Claro que al crecer, también crecieron las “tareas” que debían realizar: con toda la energía que tiene dentro un adolescente, se creían que por tener a toda la escuela a sus pies, podrían apoderarse del mundo extraescolar también y comenzaron a robar o a pelear con pandillas barriales por el territorio.
Por supuesto, al comienzo terminaban todos arruinados y golpeados tirados en el suelo, con sus agresores amenazándolos con que si volvían a meterse con ellos, se las verían peor. Pero a medida que iba pasando el tiempo, se volvieron más fuertes; Rei fue ascendiendo posiciones conforme aprendía a defenderse mejor y a tratar con gente indeseable para quitárselos de encima de manera efectiva y útil para la banda.
Durante el último año de escolaridad, Rei asistió, como el resto de sus compañeros, a las charlas orientativas para decidir qué camino tomar en cuanto a sus estudios universitarios. Sus profesores le insistían en que tenía un gran potencial intelectual y que debía asistir a la universidad, fuera como fuera. Rei intentaba explicarles que no haría nada de eso, ya que él ya tenía una manera de conseguir dinero para sobrevivir y, además, no tenía manera alguna de reunir el dinero suficiente para pagarse una carrera.

Terminada la escuela, Rei fue lanzado al mundo adulto sin una meta fija ni un trabajo estable que le diera dinero mensualmente. Habiendo logrado una gran fama en el bajomundo por sus dotes marciales, comenzó a realizar nuevamente “tareas” para la pandilla que más le conviniese en cada momento. Fue en medio de una de esas tareas, en la que debía entregar un bolso con dinero a unos traficantes a cambio de una gran cantidad de droga para distribuir en los clubes nocturnos, cuando recibió una llamada urgente del hospital: su madre había sido ingresada y lo tenía a él como contacto de emergencia. A pesar de no haber estado en contacto con ella durante los pasados meses, Rei todavía sentía algo de afecto por su madre y salió corriendo hacia el hospital luego de entregar la droga a sus jefes.
Rei conocía muy bien el hospital público, ya que había estado allí en repetidas ocasiones luego de peleas especialmente crudas que lo habían dejado terriblemente golpeado o con algún hueso roto. En cuanto llegó, se dirigió a la recepción a preguntar por su madre y lo enviaron a hablar con el médico que la había atendido. Una vez que hubo encontrado la oficina de aquel doctor, golpeó la puerta y entró, presentándose como quien era y explicando las circunstancias que lo habían llevado allí. Con expresión afligida, el médico le comunicó que su madre había sido víctima de un accidente de tránsito y había fallecido media hora antes. Ante la sorpresa del profesional, Rei lo único que preguntó fue si debía ir a reconocerla a alguna parte o si había algún papeleo por realizar. El médico lo llevó hasta la morgue del hospital en el segundo subsuelo y se retiró, dejándolo a solas con el cuerpo de aquella mujer muerta por un conductor ebrio.
En una blanca camilla de limpias sábanas, yacía su madre, con expresión vacía y piel pálida. Aunque no se habían hablado casi durante los pasados meses, Rei sintió como si un gran agujero negro se abriera en medio de su pecho, listo para tragárselo y llevárselo hacia la más profunda oscuridad. Por alguna razón, las lágrimas comenzaron a brotar involuntariamente de los ojos de Rei, humedeciendo su cara y nublando su mirada. Después de todo, aunque no hubieran sido cercanos, había sido la persona que jamás lo había abandonado, que lo había criado lo mejor que le había salido… Y ahora, él no tenía dinero ni siquiera para darle un entierro apropiado ni un funeral para despedirla. Sorprendiéndose de sus propios sentimientos, Rei estrelló su cabeza contra aquella camilla que sostenía a su madre como si fuera de piedra, mientras se rendía ante el llanto que pedía a gritos ser liberado.

Presente
Luego de la muerte de su madre, Rei había vuelto a sus “tareas” con la pandilla. Cada vez más lanzado, sus jefes temían por su vida y le decían que no era necesario que se arriesgara tanto, que podían enviar a alguien más en su lugar. “Necesito el dinero, díganme qué tengo que hacer,” era su frase de cabecera. Ante tal determinación y firmeza, los altos mandos de la banda no tenían más opción que asignarle las tareas que sabían que podría cumplir a la perfección.
“Mira, esta persona dice que tiene un gran cargamento de armas escondido en un contenedor, pero nosotros no le creemos,” le habían dicho sus superiores, “necesitamos que averigües lo más que puedas acerca de este sujeto, para luego poder evaluar si hacemos negocios con él o no.” Rei creyó que le estaban dando una tarea demasiado sencilla para lo que normalmente hacía, pero aceptó de todos modos porque la cantidad de dinero que le pagarían era llamativa.
Aquel tipo tenía una vida agitada, pero a Rei le resultó muy sencillo seguirlo a donde quiera que fuera: al gimnasio, al centro comercial, a la escuela de sus hijos. Hasta la tarde, cuando Rei se distrajo un momento para llamar a sus superiores y darle el reporte, el hombre no había hecho nada sospechoso ni que lo vinculara con el tráfico de armas o la policía. Mientras hablaba por celular, un hombre de gran porte se le había ido acercando desde atrás, de forma que era imposible que Rei lo notara. Una vez que hubo cortado la llamada, Rei sintió un fuerte golpe en la parte baja de su espalda que lo hizo caer de rodillas al suelo. “Aléjate, o la próxima será peor,” le había dicho aquel sujeto antes de retirarse. Rei, acostumbrado a las amenazas y los aprietes, recuperó el aire mientras veía al hombre alejarse y se incorporó, dispuesto a continuar con su “tarea”.
Por la noche, cuando el hombre había ido a cenar con su familia a un restaurant en el centro, Rei volvió a ver a aquel gran hombre acercándosele despacio con expresión poco amistosa. Comenzó a alejarse caminando hacia atrás, mientras el sujeto aceleraba su paso gritándole “te dije que te alejaras o que sería peor!” Antes de darse vuelta para comenzar a correr, Rei alcanzó a ver a otros dos hombres con aspecto de guardaespaldas sumarse a la marcha de aquel que lo había golpeado más temprano. Luego de escapar durante algunas cuadras, Rei terminó en un callejón sin salida luego de haber calculado mal las calles y girado en el lugar equivocado. Preparado para pelear, Rei se puso en posición mientras los tres hombres se le acercaban lentamente, haciendo tronar sus dedos.
La pelea fue sucia, desigual y más violenta que la mayoría de las que Rei estaba acostumbrado a tener. Si bien logró defenderse durante algunos minutos, terminó acostado de espaldas en el frío suelo, con los tres hombres mirándolo desde arriba con la mirada burlona y sonrisas de desprecio. “Ahora entiendes, niñato? A-lé-ja-te” le habían dicho, dándole una patada final antes de alejarse riendo.
“Por qué lleva a sus guardaespaldas a una cena familiar?” se preguntó Rei, “Espera, acaso no es Navidad hoy?” reflexionó mientras una alegre melodía sonaba en la calle en la que desembocaba aquel oscuro y desierto callejón. Todos los recuerdos de navidades pasadas volvieron a él, con un sentimiento de lejanía que lo absorbía completamente, al igual que aquel agujero negro que se había abierto en su alma el día de la muerte de su madre. Decidió dejarse llevar por aquella oscuridad, sintió que no podría recuperarse nunca más de aquella pelea y que no valía la pena ir al hospital a curarse; después de todo, la mañana llegaría y alguien encontraría su cuerpo congelado en aquel callejón desierto, alejado del  mundo y del ruido, donde apenas los ecos de las canciones navideñas lograban colarse por entre los muros.

Futuro
Allí acostado, con el agua cayendo de los desagües vecinos mezclándose con las lágrimas y la sangre en su golpeada cara, Rei pensó que así debía sentirse morir. Cerro los ojos y fue desvaneciendo lentamente todos sus sentidos: la vista la tenía bloqueada por sus párpados cerrados, pero aun así podía sentir los pequeños lagos que se le formaban antes de que las lágrimas cayeran por el rabillo del ojo; la falta de abrigo hizo que paulatinamente fuera perdiendo sensibilidad en los dedos y cualquier parte que estuviera en contacto con el exterior; sus oídos fueron dejando de oír aquellas alegres melodías navideñas para dar paso a un débil eco de sus pensamientos dentro de su cabeza; dejó de sentir los olores propios del suelo de un callejón, como basura y desperdicios animales; finalmente, su boca dejó de sentir el fuerte sabor a hierro de su sangre para sentir el gusto del frío, Rei jamás pensó que el frio podía tener un sabor propio, pero así era.
Antes de desvanecerse por completo, Rei sintió que había una presencia en aquel callejón y abrió lentamente los ojos para ver de quién o de qué se trataba.
“Ah, estás vivo! Gracias a Dios,” escuchó que aquella persona le decía al verlo abrir los ojos, “estás herido? Te llevaré a un hospital”. La figura de aspecto extranjero y pelo color oro que le hablaba parecía no tener una sola nota de maldad en su voz. La experiencia le había enseñado a desconfiar de la amabilidad de las personas, por lo que rechazó el ofrecimiento de ayuda. El hombre insistió en llevarlo  aún hospital, pero al ver que Rei no pensaba ceder, le dejó su abrigo con algo de dinero y un boleto a una obra de teatro.

Epílogo
Rei no sabía exactamente qué pensar acerca de aquella persona que había sido tan amable con él sin esperar nada a cambio, pero decidió que aquella oportunidad era un guiño de la vida diciéndole que no debía abandonar aún, que tenía cosas por hacer y que no podía morir en ese momento. Tomó el abrigo de aquel sujeto, se lo puso y se encaminó hacia el teatro indicado en el boleto. Le devolvería su abrigo y cada centavo que había en esa billetera. Decidió que, si viviría, lo haría de la manera correcta.

1 comentario:

  1. realmente increíble...aunque me quede esperando el resto de la historia, me ha encantado, espero que sigas subiendo mas :3

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