22 de noviembre de 2014

La Casa del Bosque

Hacía ya tres meses que había escapado: Makishima había muerto por su mano y no había dejado que nadie más supiera de él luego de eso. Kougami había tomado la motocicleta del “viejo Masaoka”, como le decían en el equipo, quien se la había dado en caso de que alguna vez la necesitara y escapó en ella a alguna parte donde no pudieran encontrarlo.
Tres meses hacía que no veía a nadie conocido. Mejor dicho, hacía tres meses que no veía a prácticamente ninguna persona además del muchacho que le hacía los mandados a cambio de algunos yenes. Viviendo en el medio del campo, alejado de los escáneres de la ciudad para no ser detectado, era lógico que no tuviera relaciones interpersonales. Claro que siempre había sido muy solitario: no necesitaba estar con gente, no sentía ese impulso a conectarse con alguien como sí lo hacía la mayoría de las personas. Más allá de eso, Kougami odiaba admitirlo, pero sí había alguien a quien extrañaba…

Ginoza, ex inspector de la Oficina de Seguridad Nacional, estaba siendo llevado a juicio gracias a que su matriz se había oscurecido notoriamente en el último tiempo, llegando al punto de no poder continuar siendo inspector de la Policía. Por el momento, se le había concedido un permiso especial para poder circular con normalidad por las calles, pero no podía dejar el país sin autorización.
No sabía nada de su ex compañero de trabajo hacía tres meses: Kougami había escapado luego del incidente con Makishima y le habían perdido el rastro completamente. No quería pensarlo, odiaba que se le apareciera su imagen en su mente todo el tiempo; pero no podía evitarlo: había algo que los unía y no era tan sencillo de olvidar. Luego de dos meses y medio de investigación y profunda reflexión, Ginoza pudo dar con un lugar en el que podía estarse refugiando Kougami, pero debía escabullirse para poder ir a comprobarlo: si bien tenía un permiso de libre circulación por la ciudad, cuando salía de ella debía colocarse un brazalete para que la Oficina de Seguridad pudiese controlar su paradero.
Gracias a Karanomori Shion, una criminal latente y analista de sistemas que trabajaba para la Policía, pudo dar con un maniquí especialmente diseñado para contar con un holograma igual que el de los robots de la Fuerza, pero con la capacidad de responder a estímulos externos. Karanomori lo ayudó a programarlo para que el maniquí – holograma respondiera a preguntas clásicas que pudiera hacerle algún agente de la Oficina, en caso de querer ir a controlarlo. Teniendo ese tema bajo control, Ginoza “vistió” al maniquí con un holograma de sí mismo, le colocó el brazalete de rastreo y salió de su casa en dirección a aquel lugar donde creía que podía estar escondiéndose Kougami.
Tres horas de viaje separaban Tokio de Nagoya, donde Ginoza pensaba que estaría Kougami. Sabiendo que su padre, el “viejo Masaoka”, contaba con una propiedad sin declarar en aquella prefectura, pensó que éste podía haberle dado ese dato a Kougami para que escapara y se refugiara allí. Pidió un auto a la agencia más cercana y se dirigió hacia aquella casa de campo, alejada de la ciudad central de la prefectura; en su condición, no podría comprar un boleto de tren o de autobús de larga distancia sin ser detectado por quienes lo estaban controlando.

La casa, que parecía tener tantos años como su dueño original, se encontraba en el claro de un pequeño bosque de árboles altos pero poco tupidos, lo que hacía que la luz se filtrara fácilmente entre sus copas y llenara de sol todos los ambientes. Construida con troncos sacados de aquel mismo bosque y con muebles en estilo rústico, la casa contaba con dos habitaciones individuales, una pequeña cocina y un gran salón de estar con una chimenea en una de sus paredes. A unos cuantos metros de allí, se alzaba un pequeño cobertizo que servía de garaje y depósito, también construido en madera.
Ginoza arribó al lugar cerca de las cuatro de la tarde, en medio del silencio de todos los animales que se encontraban refugiados del ardiente sol de verano. Le pagó al chofer que lo había llevado hasta allí y se bajó a investigar. Primero, decidió, haría lo menos lógico para un policía: golpear a la puerta; claro que se prestaba a la posibilidad de que Kougami lo escuchara y decidiera escapar, pero pensó que debía intentarlo de todas maneras ya que, en caso de que intentara irse, podría verlo antes de que huyera del lugar.
Esperó algunos minutos luego de darle varios golpes a la puerta y, al no recibir respuesta, se le abrieron dos posibilidades: Kougami no estaba allí y él le había errado a sus investigaciones, o estaba allí pero no quería responderle. Decidió dar un rodeo al lugar, ya que nunca había estado allí y no sabía si tenía otra entrada. Al dar la media vuelta a la casa, pudo vislumbrar el cobertizo y se acercó hasta allí, pensó que si Kougami poseía algún vehículo, de seguro lo guardaría en ese lugar. Al entrar al pequeño cobertizo, vio la motocicleta de su padre apoyada contra un rincón. Se quedó mirándola por algunos segundos, procesando lo que aquello significaba, cuando una voz interrumpió sus reflexiones:
- No sé quién eres, pero considérate muerto por estar aquí. Date la vuelta y camina lentamente hacia mí con las manos donde pueda verlas.
La fuerte voz de Kougami, resonando desde el borde del bosque, movió algo dentro de Ginoza, quien se dio vuelta con la mirada en alto para enfrentar a quien tenía delante. Cuando Kougami  lo reconoció, su expresión cambió completamente:
- Gino…? -, alcanzó a preguntar con un hilo de voz, dejando caer el montón de leños que llevaba en sus manos, recién recogido del bosque.
- Tanto tiempo -, respondió Ginoza, torciendo la boca hacia un costado, en una sonrisa algo extraña.
- Qué… Qué estás haciendo aquí? Cómo encontraste este lugar? -, preguntó Kougami, vacilando en su voz pero sin dudar en avanzar hacia donde se encontraba el visitante.
- No te preocupes, no me ha seguido nadie y no tienen idea de que me salí de la ciudad -, dijo Ginoza, bajando levemente la mirada, algo entristecido de la reacción de Kougami al verlo.
- Qué… No! -, Kougami parecía ofendido. – Entra a la casa, quieres? No vas a quedarte ahí todo el rato mirando esa motocicleta, cierto? -, terminó, recogiendo los leños caídos.
Una vez dentro, Ginoza pudo ver finalmente cómo era aquella casa que su padre siempre había mantenido en secreto y tuvo una punzada de nostalgia al recordarlo. Lo había despreciado por mucho tiempo, odiaba pensar que podía llegar a terminar como él, siendo un criminal latente… Pero dadas las circunstancias, comenzaba a extrañarlo: ahora que él mismo podía ser declarado criminal latente, quería preguntarle tantas cosas, hablarle y pedirle consejos; y no lo tenía a su lado…
- Acaso nunca habías venido? -, preguntó Kougami, sacándolo de sus pensamientos y apoyando los leños al costado de la chimenea.
- No… Lo cierto es que mi padre pensaba que yo desconocía la existencia de este lugar -, respondió Ginoza, sin dejar de mirar a su alrededor aquella rústica habitación. – Qué piensas hacer con esos troncos? -, preguntó, señalando los leños.
- Pues, cocinar. Aquí no hay gas natural y se me agotó la garrafa, por lo que pensaba hacer carne al asador… Quieres tomar algo? -, ofreció.
- Claro… Tienes agua fría? Hace mucho calor…
Ginoza se sentó en el sillón de la sala de estar mientras Kougami se dirigía a la cocina en busca de bebidas y algo para comer. Cuando regresó, se sentó a su lado, con ambos brazos apoyados en sus piernas y su mirada apuntando al piso:
- Bueno… Y qué te trae por aquí? Cómo supiste dónde estaba?
El ex inspector le contó todo acerca del juicio por su matriz oscurecida, la investigación a la que lo estaban sometiendo, el maniquí – holograma y cómo había dado con el dato de aquella casa. Luego de escucharlo atentamente, Kougami finalmente hablo:
- Bien, en resumen se podría decir que viniste porque me extrañabas -, dijo con una sonrisa socarrona.
- Eh?! Claro que no! -, respondió Ginoza, apartando la mirada con un leve sonrojo en sus mejillas.
- Vamos, Gino. Nadie se toma tantas molestias si no es porque realmente quiere ver a otra persona. Ni siquiera la policía ha podido dar conmigo, lo que tú has hecho es excepcional -, esperó algunos momentos a ver si Ginoza decía algo, pero al no recibir respuesta, volvió a hablar: - Está bien si me extrañas, Gino. Yo también tenía ganas de verte -, dijo, tomándole la cara y levantándola hasta dejarla a la altura de sus ojos.
“No, no está bien!” pensó para sus adentro Ginoza. No quería admitirlo, odiaba pensarlo de esa manera… pero verlo nuevamente le había despertado algo que había estado dormido hacía ya tres meses. Recordó todo lo que habían pasado juntos: sus días cuando ambos eran inspectores, el desastre de la matriz de Kougami que lo llevó a ser declarado criminal latente y luego su trabajo como Ejecutor en la Fuerza. Pensó, casi sin quererlo, en aquellas noches en que uno se quedaba en la habitación del otro, hablando hasta altas horas de la madrugada, muchas veces bebiendo cosas que los llevaban a terminar durmiendo juntos y despertarse sin saber qué habían hecho. Volvieron a su mente aquellas mañanas en las que abría los ojos y allí estaba aquel hombre, a medio vestir y con los ojos cerrados, durmiendo a su lado, y sonrió internamente.
- Sé lo que estás pensando -, volvió a hablar repentinamente Kougami.
- N-no, no lo sabes! -, exclamó Ginoza, intentando disimular sus pensamientos.
- Lo sé perfectamente -, retrucó Kougami, - y te lo voy a demostrar -, dijo, mientras acercaba su cara para darle un suave beso.
Sin saber cómo responder, Ginoza, se quedó helado ante el repentino beso, para luego intentar separarse. Claro que Kougami era mucho más fuerte que él y no lo dejó apartarse; más todavía, lo tomó por la cintura con su mano libre y lo acercó más a él. Perdiendo las fuerzas, Ginoza se dejó besar, sintiendo como si hubiera un baile en su interior y el ritmo lo pusiera su corazón, que latía más y más rápido a medida que aquel beso se volvía más intenso.
- Te dije que lo sabía -, dijo Kougami cuando se separó por un momento. – Yo también te extrañé, Gino -, terminó con una mirada tierna y una sonrisa en sus labios.
- No vuelvas a escaparte sin decirme a dónde vas, tonto! -, volvió a exclamar Ginoza, lanzándose a los brazos de Kougami, que lo recibió en un cálido y apretado abrazo. – Tonto -, repitió en voz baja, con la cara enterrada en el hombro del criminal.

El resto del día transcurrió tranquilamente, con ambos preparando la comida para la noche y arreglando las camas para que Ginoza pudiera dormir allí. No era la idea inicial del ex – inspector, pero admitió que iba a ser difícil ir al pueblo a buscar un auto después del anochecer.
“No te preocupes, Gino,” le había dicho Kougami, “tú encárgate de lavar y pelar las verduras para la salsa de la cena que yo ordenaré las habitaciones y luego iré a ayudarte con la carne. Después de todo, vivo aquí y sé dónde guardo las sábanas y las almohadas extras.”
Luego de cenar carne cocinada en salsa de verduras en una pequeña cacerola encima del fuego de la chimenea, Ginoza admitió que estaba algo cansado y le pidió al dueño de casa que lo llevara a su habitación. La segunda a la derecha del pasillo era la que Kougami le había preparado, colocándole sábanas al colchón que hasta ahora no había utilizado nunca; después de todo, jamás había tenido invitados desde que había comenzado a vivir en aquel lugar.
- Buenas noches -, dijo Ginoza, mientras entornaba la puerta de la habitación. – Gracias por todo.
Kougami se retiró a su habitación, pensando en los sucesos de aquel día, que había comenzado tan normal como el resto pero había terminado de la forma más inesperada posible. No tenía sueño aún, solía quedarse hasta altas horas de la noche leyendo: amante de la lectura, alternaba entre libros de literatura y de psicología. Aquella noche tenía pendiente continuar leyendo un ensayo sobre los colores de la matriz, escrito cuando apenas se había comenzado a investigar sobre el tema.
Luego de media hora de lectura intensa, decidió apagar la luz e intentar dormir: debía despertarse al día siguiente relativamente temprano para prepararle el desayuno a su invitado. Apenas pasados cinco minutos de haberse acostado, sintió como si la madera del piso crujiera, cosa que no era rara en una casa de aquellas características; decidió no prestarle atención y se dio vuelta sobre su cama, mirando hacia la pared. De repente, sintió una presencia en su habitación y, pensando que había entrado algún rufián, se dio vuelta rápidamente; pero la imagen que apareció ante sus ojos no era nada de lo que había creído. Un Ginoza en pijama ajeno, sin anteojos y con el pelo despeinado lo miraba desde el costado de su cama, con la mirada triste:
- Gino? Qué sucede…?
- Nada… -, intentando ocultar sus emociones, apartó la mirada.
- Vamos, viniste por alguna razón… Ven -, invitó Kougami, haciéndole un ademán para que se acercara y se sentara junto a él en la cama. Viendo que Ginoza vacilaba, volvió a hablar: - Gino, te conozco. Algo te sucede, ven y cuéntame.
Sin estar muy seguro, Ginoza miro hacia el piso y no pudo evitar derramar dos gruesos lagrimones al escuchar la dulce voz de Kougami. Rápidamente giró la cabeza para intentar ocultarlos, pero ya era demasiado tarde:
- Oye, oye, espera! -, exclamó Kougami con la voz llena de preocupación. – Vamos, ven aquí -, dijo al tiempo que lo tomaba del brazo y lo sentaba de un tirón en la cama.
Sin mediar palabra, Ginoza finalmente dejó salir sus emociones y se aferró con todas sus fuerzas a Kougami, quien lo abrazó a su vez, intentando contenerlo y sintiendo cómo su hombro se iba humedeciendo bajo el llanto.
- Realmente te extrañaba, no tienes idea de cuánto! -, comenzó a hablar Ginoza entre sollozos. – Sabes lo que es pensar que te habían matado?! No te das una mínima idea de lo que sufrí pensando que Makishima había sobrevivido a costa de tu vida! Luego encontraron su cadáver y volví a pensar en que podías estar bien en algún lugar remoto del mundo y comencé a investigar… Pero no sabes lo que fue pensar que no te volvería a ver, no sabes lo que fue pensar que te habías ido sin haberte podido decir adiós!
Mientras hablaba, su respiración se entrecortaba a cada momento y el caudal de lágrimas iba en aumento. Kougami no sabía más que hacer además de abrazarlo y acariciarle la cabeza y la espalda, intentando calmarlo.
- Oye… Ya no tienes de qué preocuparte, vale? -, dijo Kougami, apartándose un poco y mirándolo a la cara. – Estoy bien, estoy perfecto y aquí nadie sabe quién soy. No me pasará nada. Makishima ya está bien muerto y no hay nadie que pueda encontrarme aquí… Excepto tú… - dejando la frase inconclusa, volvió a abrazarlo, sintiendo nuevamente el llanto de Ginoza. – Tú me encontraste, y por eso doy gracias infinitas, Gino. Yo también te extrañé muchísimo, pero no tenía forma de comunicarme contigo sin arriesgarme a ser descubierto… De verdad lo lamento -, terminó, con la voz entristecida y el alma destrozada. Se imaginaba que Ginoza estaría mal, pero no que llegaría al punto de ir a buscarlo.
Separándose de Kougami unos centímetros, Ginoza levantó la mirada, enrojecida luego de la descarga emocional, para mirar a los ojos a quien tenía frente a él. No era un fantasma, realmente estaba allí, diciéndole esas cosas; debía creerlo, debía dar crédito a sus ojos y pensar que todos sus malos pensamientos habían sido un mal pasajero, que ya estaba todo bien. Pasando una mano por su pelo, se acercó a Kougami, pero esta vez con otras intenciones: al igual que hacía unos momentos, juntó sus labios con los ajenos, para tener una prueba final de que aquello no era un sueño, que no era una hermosa pesadilla de la que despertaría en cualquier momento.
Tomándolo por la cintura, Kougami acostó suavemente a Ginoza a su lado en la cama, sin dejar de besarlo. Frente a frente, de costado en aquel colchón pensado para una sola persona. Las lágrimas de Ginoza pasaron de ser de dolor a ser de emoción, de alegría por poder volver a estar así, luego de pensar que jamás volvería a sentirse de esa manera. Durante varios minutos, todo fue ternura entre ellos, hasta que comenzó a subir el nivel de temperatura corporal de ambos; después de todo, hacía ya tres meses que ninguno de los dos tenía ese tipo de contacto y sus cuerpos estaban reaccionando ante los estímulos que recibían.
Lentamente, las barreras de tela que separaban una piel de la otra comenzaron a desaparecer, siendo arrojadas al suelo. Las fuertes manos de Kougami recorrían todo el cuerpo de Ginoza, haciéndole dar respingos a cada momento, de excitación, de placer, de alegría y de emoción de volver a sentir aquel toque. Claro que, luego del tiempo transcurrido, ambos se pusieron duros con gran rapidez, luego de algunos minutos de juego previo. Ginoza frunció la cara al sentir que Kougami comenzaba a jugar en un zona intima, pasando su mano por todas partes, de adelante hacia atrás y de arriba hacia abajo.
- Qué te pasa? Acaso olvidé cómo hacerlo? -, preguntó Kougami al ver su expresión.
- Claro que… no -, admitió Ginoza. – Pero en todo caso, te mostraré cómo se hace -, dijo mientras tomaba el miembro del dueño de casa en su mano derecha y comenzaba a masajearlo, al tiempo que lo besaba para mantener el ambiente.
- Nngh… Sólo… déjame hacer algo… -, pidió Kougami, separándose por un momento y bajando su cabeza.
Ginoza lo vio descender como si pasara en cámara lenta: lamiendo todo su pecho sin dejar de masajearlo, hasta que su lengua llegó hasta abajo y comenzó a pasarla por su miembro, lentamente pero con una intensidad que le hacía ver las estrellas de placer. Pasando la mano por el pelo de Kougami, sentía cómo éste pasaba su boca por todas partes, desde la punta de su parte delantera hasta el fondo de su parte trasera, preparándolo para lo que se vendría luego.
- Ko… Kou, detente! -, exclamó agitadamente, mientras el dueño de casa se emocionaba particularmente jugando con su lengua en su trasero mientras no dejaba de mover rápidamente su mano por el miembro.
- No pienso… detenerme -, respondió Kougami en voz baja, aumentando la velocidad de sus masajes, que hicieron que rápidamente Ginoza descargara en su mano.
- Mira que eres maldito! -, volvió a protestar Ginoza, avergonzado de no haber podido aguantar más. La verdad era que, si bien se había ayudado a sí mismo varias veces, el toque ajeno hacía que llegara mucho más rápido a su límite.
- Y estoy a punto de ponerme peor -, dijo irónicamente el dueño de casa, mientras metía un par de dedos dentro de Ginoza, quien no pudo reprimir un gemido al sentirlo. – Vaya que te estabas contendiendo, eh Gino? Parece que ya estás listo con apenas muy poca preparación -, bromeó.
- Ya… cállate y hazlo, quieres? -, respondió el visitante, sonrojado y apartando la mirada.
- Sí, señor… Pero déjame mirarte a la cara, extraño ver tus expresiones -, pidió, mientras lo tomaba por la cintura y lo levantaba para ponerlo a una altura adecuada para penetrarlo.
Sin darle tiempo a responder, comenzó a tantear la zona nuevamente con su mano, masajeándole la próstata desde dentro y haciéndolo gemir de placer. Durante algunos minutos, realizó la preparación previa y, cuando creyó que ya estaba listo, comenzó a intentar entrar.
- Oye… No tengo lubricante… No sabía que esto pasaría -, admitió, algo apenado.
- No te preocupes… Sé que sabes hacerlo -, respondió Ginoza con una sonrisa, pasando sus brazos por alrededor del cuello de Kougami y atrayéndolo hacia sí para besarlo.
Tomando aquello como una señal de aceptación, Kougami nuevamente empujó hacia dentro de Ginoza, quien todavía se encontraba algo apretado, pero rápidamente se acostumbró a la sensación. Cuánto lo extrañaba! Esa estrechez, esa respiración, esa cara que no podía ocultarle nada, ese hombre que tan mal se había sentido luego de que él se hubiera visto forzado a escapar.
- A-aah! -, exclamó Ginoza, clavando sus uñas en la espalda de Kougami.
- Te duele? -, preguntó preocupado.
- N-no… Es sólo que… Lo extrañaba -, respondió con una sonrisa. – Te extrañaba.
- Gino! -, gritó emocionado Kougami, mientras lo tomaba entre sus brazos y lo abrazaba, levantándolo del colchón y, a la vez, entrando hasta el fondo dentro de él.
Luego de aquellos primeros momentos, ambos dejaron que la pasión los tomara por asalto y dejaron de pensar realmente en lo que hacían. Con cada vez más velocidad, Kougami entraba y salía de Ginoza, quien a su vez movía la cintura de un lado a otro para sentir más intensamente lo que tenía dentro suyo.
- Gi-Gino! Creo que… -, Kougami no podía respirar normalmente y hablaba de manera entrecortada.
- Lo sé, pue-puedo sentirlo! -, exclamó Ginoza, mientras volvía a tomar el cuello de Kougami y se levantaba del colchón para sentarse encima de las piernas dobladas de su compañero.
La penetración fue más profunda que en cualquier otro momento, ambos lo sabían. Luego de algunos movimientos de cadera y fuertes entradas, Ginoza sintió un latido en su parte trasera: el alivio en la respiración de Kougami le dio la pauta de que éste había llegado a su límite. Sintiéndolo hasta con el último nervio de su cuerpo, Ginoza se quedó unos momentos más en aquella posición, antes de levantarse y apartarse para caer rendido contra el colchón.
Mirando al techo, ambos quedaron exhaustos luego de aquella sesión. Varios minutos tuvieron que pasar hasta que alguno de los dos pudo hablar con normalidad:
- Iré al baño a lavarme un poco -, avisó Ginoza, antes de levantarse de la cama.
- Y qué harás con eso? -, preguntó Kougami en tono bromista, señalando la erección que tenía Ginoza, comenzada luego de la primera descarga.
- Pues… Ya se irá, sabes cómo son estas cosas, no molestes! -, respondió, molesto, girando la cabeza para intentar ocultar su vergüenza.
Abrió la ducha y se metió dentro para comenzar a enjuagarse: aquel baño, al ser una pequeña casa de campo, no contaba con un habitáculo separado para lavarse antes de entrar a la bañera. Mientras se pasaba jabón por todas partes, una voz lo sorprendió:
- Con permiso…
- Qué haces aquí? Espera tu turno! -, respondió algo enojado.
- Oh, vamos, Gino! Como si nunca te hubiera visto desnudo… -, rió Kougami, metiéndose con él a la bañera y comenzando a enjuagarse. – Además… Debes hacer algo con respecto a “eso”, no parece que vaya a irse tan fácil…
Tocándolo suavemente, y con ayuda del chorro de agua caliente, Kougami comenzó a masajear nuevamente a Ginoza, quien se apoyó contra la pared de baño, levantando la cabeza y dejándose mojar por el agua de la ducha. Repentinamente, los labios de Kougami se encontraron recorriendo su cuello y subieron hasta llegar a su boca, donde se quedaron jugueteando un rato, haciendo que sintiera más placer y se viniera más rápido.
- Ahora sí puedes enjuagarte -, dijo con la voz alegre Kougami, mientras hacía un hueco con su mano, llenándolo de agua y tirándosela a Ginoza en la cara juguetonamente.
- Ton… to -, sonrió Ginoza, mientras acariciaba el pelo mojado de Kougami y volvía a besarlo.
Luego de terminar de bañarse, cada uno se dirigió a su habitación a dormir, pero Kougami no pudo resistirse y se pasó al cuarto de Ginoza cuando éste ya estaba acostado. Mirando a la pared, de repente sintió cómo un brazo musculoso pasaba con encima de su espalda y lo abrazaba desde atrás, apretándolo con fuerza; sonriendo, acarició aquel brazo fuerte y se rindió al sueño, rogando despertar por la mañana y que todo siguiera siendo tan real como hasta ese momento.

Ginoza abrió sus ojos, sintiendo la cálida luz del sol filtrándose por la ventana: su cama estaba vacía y no había rastros de Kougami. Nuevos sentimientos de soledad lo invadieron, al igual que tres meses atrás, cuando éste había desaparecido sin dejar rastro. Pero, antes de que pudiera comenzar a reprocharse por haber sido tan confiado, la puerta de la habitación se abrió despacio, dando paso a una bandeja de desayuno sostenida por aquel hombre que había salido de su mente para sonreírle en la realidad.
- Buen día, Gino -, saludó Kougami, luego de apoyar la bandeja en el piso y darle un suave beso.
- Buen día, Kou -, respondió, también sonriendo.
Definitivamente, aquello no era un sueño: Kougami estaba vivo, la noche anterior había sido real y el alma de Ginoza estaba rebosante de felicidad.

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