6 de diciembre de 2014

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“Abrázame” le había dicho, y se lanzó hacia su pecho. No terminaba de entender muy bien lo que pasaba, pero sabía que aquella persona necesitaba de su apoyo y de ninguna manera se lo negaría. Sintió como su remera comenzaba a humedecerse en la zona de sus pectorales, apretados fuertemente por la cabeza de aquel muchacho que lloraba en silencio. No podía ser pasivo ante aquella situación, no era su naturaleza, por lo que lo rodeó con sus brazos y lo apretó contra sí, sintiendo cada una de sus respiraciones entrecortadas y agitadas.
Decidió no preguntarle qué sucedía, creyó que solamente lo empeoraría si lo hacía recordar lo que fuese que le hubiera pasado. Tampoco le importaba mucho qué o quién había sido el detonante de semejante catarata de emociones, lo único que quería era que él estuviera mejor, que pudiera sacar todo lo malo que sentía y que volviera a sonreír.
Acariciándole la cabeza suavemente, entremezclando sus dedos con el pelo sedoso y largo de ese chico que no podía dejar de lagrimear, esperó a que éste se calmara. El momento parecía no llegar nunca, pero después de largos y silenciosos minutos, pudo calmarse y se separó algunos centímetros de él, que jamás lo había soltado.
“Mírame” le dijo, levantando la cabeza que hasta ese momento había estado pegada a su camiseta. Lo tomó por las mejillas y le alzó la mirada para poder clavarle la suya en aquellos ojos negros enrojecidos e hinchados por el llanto. Le limpió la cara, mojada y algo pegajosa, y volvió a abrazarlo.
“Ya está, ya pasó todo” volvió a hablar, apretándolo contra sí nuevamente, “lo que sea que te haya sucedido, ya pasó.” Pasando sus dedos por aquellas mejillas hinchadas, lo miró a los ojos diciéndole todo lo que no expresaba con palabras. “Gracias, lo lamento,” le respondió ese hombre, sin soltarlo del todo. “No lo lamentes. Es mejor sacarlo que dejarlo adentro y que te corrompa lentamente; y si puedo ayudarte a quitarte ese peso de encima, allí estaré,” dijo, corriéndole el flequillo de los ojos.

“Gracias.” Lo expresaba con todo su ser: su mirada agradecida, su cuerpo liberado y su alma tranquila le agradecían aquel abrazo interminable que lo habían ayudado a sentirse mejor. Tomando las manos de esa persona que lo había protegido entre las suyas, las apretó y sonrió: “gracias,” dijo nuevamente, liberando una de sus manos. Comenzó a caminar sin soltar la otra; caminar hacia el futuro que lo esperaba mucho más brillante de lo que se imaginaba algunos minutos atrás.




Como vieron, los personajes no tienen nombres ni características demasiado definidas... Es la idea Yo lo imaginé con dos chicos que me gustan, pero la idea es que cada uno pueda ponerle el nombre y la forma que quiera a cada uno de los dos personajes :)
Sé que no se entiende demasiado, es bastante personal la historia. La escribí en un mal momento y fue lo que me salió: por eso no tiene trama ni personajes definidos y "no pasa nada". La idea era contar simplemente el mal momento de uno y el apoyo del otro como me hubiera gustado que me pasara a mi cuando estaba mal.
Perdón si no se entiende, pero es algo que escribí y quise publicarlo, no se enojen.

22 de noviembre de 2014

La Casa del Bosque

Hacía ya tres meses que había escapado: Makishima había muerto por su mano y no había dejado que nadie más supiera de él luego de eso. Kougami había tomado la motocicleta del “viejo Masaoka”, como le decían en el equipo, quien se la había dado en caso de que alguna vez la necesitara y escapó en ella a alguna parte donde no pudieran encontrarlo.
Tres meses hacía que no veía a nadie conocido. Mejor dicho, hacía tres meses que no veía a prácticamente ninguna persona además del muchacho que le hacía los mandados a cambio de algunos yenes. Viviendo en el medio del campo, alejado de los escáneres de la ciudad para no ser detectado, era lógico que no tuviera relaciones interpersonales. Claro que siempre había sido muy solitario: no necesitaba estar con gente, no sentía ese impulso a conectarse con alguien como sí lo hacía la mayoría de las personas. Más allá de eso, Kougami odiaba admitirlo, pero sí había alguien a quien extrañaba…

Ginoza, ex inspector de la Oficina de Seguridad Nacional, estaba siendo llevado a juicio gracias a que su matriz se había oscurecido notoriamente en el último tiempo, llegando al punto de no poder continuar siendo inspector de la Policía. Por el momento, se le había concedido un permiso especial para poder circular con normalidad por las calles, pero no podía dejar el país sin autorización.
No sabía nada de su ex compañero de trabajo hacía tres meses: Kougami había escapado luego del incidente con Makishima y le habían perdido el rastro completamente. No quería pensarlo, odiaba que se le apareciera su imagen en su mente todo el tiempo; pero no podía evitarlo: había algo que los unía y no era tan sencillo de olvidar. Luego de dos meses y medio de investigación y profunda reflexión, Ginoza pudo dar con un lugar en el que podía estarse refugiando Kougami, pero debía escabullirse para poder ir a comprobarlo: si bien tenía un permiso de libre circulación por la ciudad, cuando salía de ella debía colocarse un brazalete para que la Oficina de Seguridad pudiese controlar su paradero.
Gracias a Karanomori Shion, una criminal latente y analista de sistemas que trabajaba para la Policía, pudo dar con un maniquí especialmente diseñado para contar con un holograma igual que el de los robots de la Fuerza, pero con la capacidad de responder a estímulos externos. Karanomori lo ayudó a programarlo para que el maniquí – holograma respondiera a preguntas clásicas que pudiera hacerle algún agente de la Oficina, en caso de querer ir a controlarlo. Teniendo ese tema bajo control, Ginoza “vistió” al maniquí con un holograma de sí mismo, le colocó el brazalete de rastreo y salió de su casa en dirección a aquel lugar donde creía que podía estar escondiéndose Kougami.
Tres horas de viaje separaban Tokio de Nagoya, donde Ginoza pensaba que estaría Kougami. Sabiendo que su padre, el “viejo Masaoka”, contaba con una propiedad sin declarar en aquella prefectura, pensó que éste podía haberle dado ese dato a Kougami para que escapara y se refugiara allí. Pidió un auto a la agencia más cercana y se dirigió hacia aquella casa de campo, alejada de la ciudad central de la prefectura; en su condición, no podría comprar un boleto de tren o de autobús de larga distancia sin ser detectado por quienes lo estaban controlando.

La casa, que parecía tener tantos años como su dueño original, se encontraba en el claro de un pequeño bosque de árboles altos pero poco tupidos, lo que hacía que la luz se filtrara fácilmente entre sus copas y llenara de sol todos los ambientes. Construida con troncos sacados de aquel mismo bosque y con muebles en estilo rústico, la casa contaba con dos habitaciones individuales, una pequeña cocina y un gran salón de estar con una chimenea en una de sus paredes. A unos cuantos metros de allí, se alzaba un pequeño cobertizo que servía de garaje y depósito, también construido en madera.
Ginoza arribó al lugar cerca de las cuatro de la tarde, en medio del silencio de todos los animales que se encontraban refugiados del ardiente sol de verano. Le pagó al chofer que lo había llevado hasta allí y se bajó a investigar. Primero, decidió, haría lo menos lógico para un policía: golpear a la puerta; claro que se prestaba a la posibilidad de que Kougami lo escuchara y decidiera escapar, pero pensó que debía intentarlo de todas maneras ya que, en caso de que intentara irse, podría verlo antes de que huyera del lugar.
Esperó algunos minutos luego de darle varios golpes a la puerta y, al no recibir respuesta, se le abrieron dos posibilidades: Kougami no estaba allí y él le había errado a sus investigaciones, o estaba allí pero no quería responderle. Decidió dar un rodeo al lugar, ya que nunca había estado allí y no sabía si tenía otra entrada. Al dar la media vuelta a la casa, pudo vislumbrar el cobertizo y se acercó hasta allí, pensó que si Kougami poseía algún vehículo, de seguro lo guardaría en ese lugar. Al entrar al pequeño cobertizo, vio la motocicleta de su padre apoyada contra un rincón. Se quedó mirándola por algunos segundos, procesando lo que aquello significaba, cuando una voz interrumpió sus reflexiones:
- No sé quién eres, pero considérate muerto por estar aquí. Date la vuelta y camina lentamente hacia mí con las manos donde pueda verlas.
La fuerte voz de Kougami, resonando desde el borde del bosque, movió algo dentro de Ginoza, quien se dio vuelta con la mirada en alto para enfrentar a quien tenía delante. Cuando Kougami  lo reconoció, su expresión cambió completamente:
- Gino…? -, alcanzó a preguntar con un hilo de voz, dejando caer el montón de leños que llevaba en sus manos, recién recogido del bosque.
- Tanto tiempo -, respondió Ginoza, torciendo la boca hacia un costado, en una sonrisa algo extraña.
- Qué… Qué estás haciendo aquí? Cómo encontraste este lugar? -, preguntó Kougami, vacilando en su voz pero sin dudar en avanzar hacia donde se encontraba el visitante.
- No te preocupes, no me ha seguido nadie y no tienen idea de que me salí de la ciudad -, dijo Ginoza, bajando levemente la mirada, algo entristecido de la reacción de Kougami al verlo.
- Qué… No! -, Kougami parecía ofendido. – Entra a la casa, quieres? No vas a quedarte ahí todo el rato mirando esa motocicleta, cierto? -, terminó, recogiendo los leños caídos.
Una vez dentro, Ginoza pudo ver finalmente cómo era aquella casa que su padre siempre había mantenido en secreto y tuvo una punzada de nostalgia al recordarlo. Lo había despreciado por mucho tiempo, odiaba pensar que podía llegar a terminar como él, siendo un criminal latente… Pero dadas las circunstancias, comenzaba a extrañarlo: ahora que él mismo podía ser declarado criminal latente, quería preguntarle tantas cosas, hablarle y pedirle consejos; y no lo tenía a su lado…
- Acaso nunca habías venido? -, preguntó Kougami, sacándolo de sus pensamientos y apoyando los leños al costado de la chimenea.
- No… Lo cierto es que mi padre pensaba que yo desconocía la existencia de este lugar -, respondió Ginoza, sin dejar de mirar a su alrededor aquella rústica habitación. – Qué piensas hacer con esos troncos? -, preguntó, señalando los leños.
- Pues, cocinar. Aquí no hay gas natural y se me agotó la garrafa, por lo que pensaba hacer carne al asador… Quieres tomar algo? -, ofreció.
- Claro… Tienes agua fría? Hace mucho calor…
Ginoza se sentó en el sillón de la sala de estar mientras Kougami se dirigía a la cocina en busca de bebidas y algo para comer. Cuando regresó, se sentó a su lado, con ambos brazos apoyados en sus piernas y su mirada apuntando al piso:
- Bueno… Y qué te trae por aquí? Cómo supiste dónde estaba?
El ex inspector le contó todo acerca del juicio por su matriz oscurecida, la investigación a la que lo estaban sometiendo, el maniquí – holograma y cómo había dado con el dato de aquella casa. Luego de escucharlo atentamente, Kougami finalmente hablo:
- Bien, en resumen se podría decir que viniste porque me extrañabas -, dijo con una sonrisa socarrona.
- Eh?! Claro que no! -, respondió Ginoza, apartando la mirada con un leve sonrojo en sus mejillas.
- Vamos, Gino. Nadie se toma tantas molestias si no es porque realmente quiere ver a otra persona. Ni siquiera la policía ha podido dar conmigo, lo que tú has hecho es excepcional -, esperó algunos momentos a ver si Ginoza decía algo, pero al no recibir respuesta, volvió a hablar: - Está bien si me extrañas, Gino. Yo también tenía ganas de verte -, dijo, tomándole la cara y levantándola hasta dejarla a la altura de sus ojos.
“No, no está bien!” pensó para sus adentro Ginoza. No quería admitirlo, odiaba pensarlo de esa manera… pero verlo nuevamente le había despertado algo que había estado dormido hacía ya tres meses. Recordó todo lo que habían pasado juntos: sus días cuando ambos eran inspectores, el desastre de la matriz de Kougami que lo llevó a ser declarado criminal latente y luego su trabajo como Ejecutor en la Fuerza. Pensó, casi sin quererlo, en aquellas noches en que uno se quedaba en la habitación del otro, hablando hasta altas horas de la madrugada, muchas veces bebiendo cosas que los llevaban a terminar durmiendo juntos y despertarse sin saber qué habían hecho. Volvieron a su mente aquellas mañanas en las que abría los ojos y allí estaba aquel hombre, a medio vestir y con los ojos cerrados, durmiendo a su lado, y sonrió internamente.
- Sé lo que estás pensando -, volvió a hablar repentinamente Kougami.
- N-no, no lo sabes! -, exclamó Ginoza, intentando disimular sus pensamientos.
- Lo sé perfectamente -, retrucó Kougami, - y te lo voy a demostrar -, dijo, mientras acercaba su cara para darle un suave beso.
Sin saber cómo responder, Ginoza, se quedó helado ante el repentino beso, para luego intentar separarse. Claro que Kougami era mucho más fuerte que él y no lo dejó apartarse; más todavía, lo tomó por la cintura con su mano libre y lo acercó más a él. Perdiendo las fuerzas, Ginoza se dejó besar, sintiendo como si hubiera un baile en su interior y el ritmo lo pusiera su corazón, que latía más y más rápido a medida que aquel beso se volvía más intenso.
- Te dije que lo sabía -, dijo Kougami cuando se separó por un momento. – Yo también te extrañé, Gino -, terminó con una mirada tierna y una sonrisa en sus labios.
- No vuelvas a escaparte sin decirme a dónde vas, tonto! -, volvió a exclamar Ginoza, lanzándose a los brazos de Kougami, que lo recibió en un cálido y apretado abrazo. – Tonto -, repitió en voz baja, con la cara enterrada en el hombro del criminal.

El resto del día transcurrió tranquilamente, con ambos preparando la comida para la noche y arreglando las camas para que Ginoza pudiera dormir allí. No era la idea inicial del ex – inspector, pero admitió que iba a ser difícil ir al pueblo a buscar un auto después del anochecer.
“No te preocupes, Gino,” le había dicho Kougami, “tú encárgate de lavar y pelar las verduras para la salsa de la cena que yo ordenaré las habitaciones y luego iré a ayudarte con la carne. Después de todo, vivo aquí y sé dónde guardo las sábanas y las almohadas extras.”
Luego de cenar carne cocinada en salsa de verduras en una pequeña cacerola encima del fuego de la chimenea, Ginoza admitió que estaba algo cansado y le pidió al dueño de casa que lo llevara a su habitación. La segunda a la derecha del pasillo era la que Kougami le había preparado, colocándole sábanas al colchón que hasta ahora no había utilizado nunca; después de todo, jamás había tenido invitados desde que había comenzado a vivir en aquel lugar.
- Buenas noches -, dijo Ginoza, mientras entornaba la puerta de la habitación. – Gracias por todo.
Kougami se retiró a su habitación, pensando en los sucesos de aquel día, que había comenzado tan normal como el resto pero había terminado de la forma más inesperada posible. No tenía sueño aún, solía quedarse hasta altas horas de la noche leyendo: amante de la lectura, alternaba entre libros de literatura y de psicología. Aquella noche tenía pendiente continuar leyendo un ensayo sobre los colores de la matriz, escrito cuando apenas se había comenzado a investigar sobre el tema.
Luego de media hora de lectura intensa, decidió apagar la luz e intentar dormir: debía despertarse al día siguiente relativamente temprano para prepararle el desayuno a su invitado. Apenas pasados cinco minutos de haberse acostado, sintió como si la madera del piso crujiera, cosa que no era rara en una casa de aquellas características; decidió no prestarle atención y se dio vuelta sobre su cama, mirando hacia la pared. De repente, sintió una presencia en su habitación y, pensando que había entrado algún rufián, se dio vuelta rápidamente; pero la imagen que apareció ante sus ojos no era nada de lo que había creído. Un Ginoza en pijama ajeno, sin anteojos y con el pelo despeinado lo miraba desde el costado de su cama, con la mirada triste:
- Gino? Qué sucede…?
- Nada… -, intentando ocultar sus emociones, apartó la mirada.
- Vamos, viniste por alguna razón… Ven -, invitó Kougami, haciéndole un ademán para que se acercara y se sentara junto a él en la cama. Viendo que Ginoza vacilaba, volvió a hablar: - Gino, te conozco. Algo te sucede, ven y cuéntame.
Sin estar muy seguro, Ginoza miro hacia el piso y no pudo evitar derramar dos gruesos lagrimones al escuchar la dulce voz de Kougami. Rápidamente giró la cabeza para intentar ocultarlos, pero ya era demasiado tarde:
- Oye, oye, espera! -, exclamó Kougami con la voz llena de preocupación. – Vamos, ven aquí -, dijo al tiempo que lo tomaba del brazo y lo sentaba de un tirón en la cama.
Sin mediar palabra, Ginoza finalmente dejó salir sus emociones y se aferró con todas sus fuerzas a Kougami, quien lo abrazó a su vez, intentando contenerlo y sintiendo cómo su hombro se iba humedeciendo bajo el llanto.
- Realmente te extrañaba, no tienes idea de cuánto! -, comenzó a hablar Ginoza entre sollozos. – Sabes lo que es pensar que te habían matado?! No te das una mínima idea de lo que sufrí pensando que Makishima había sobrevivido a costa de tu vida! Luego encontraron su cadáver y volví a pensar en que podías estar bien en algún lugar remoto del mundo y comencé a investigar… Pero no sabes lo que fue pensar que no te volvería a ver, no sabes lo que fue pensar que te habías ido sin haberte podido decir adiós!
Mientras hablaba, su respiración se entrecortaba a cada momento y el caudal de lágrimas iba en aumento. Kougami no sabía más que hacer además de abrazarlo y acariciarle la cabeza y la espalda, intentando calmarlo.
- Oye… Ya no tienes de qué preocuparte, vale? -, dijo Kougami, apartándose un poco y mirándolo a la cara. – Estoy bien, estoy perfecto y aquí nadie sabe quién soy. No me pasará nada. Makishima ya está bien muerto y no hay nadie que pueda encontrarme aquí… Excepto tú… - dejando la frase inconclusa, volvió a abrazarlo, sintiendo nuevamente el llanto de Ginoza. – Tú me encontraste, y por eso doy gracias infinitas, Gino. Yo también te extrañé muchísimo, pero no tenía forma de comunicarme contigo sin arriesgarme a ser descubierto… De verdad lo lamento -, terminó, con la voz entristecida y el alma destrozada. Se imaginaba que Ginoza estaría mal, pero no que llegaría al punto de ir a buscarlo.
Separándose de Kougami unos centímetros, Ginoza levantó la mirada, enrojecida luego de la descarga emocional, para mirar a los ojos a quien tenía frente a él. No era un fantasma, realmente estaba allí, diciéndole esas cosas; debía creerlo, debía dar crédito a sus ojos y pensar que todos sus malos pensamientos habían sido un mal pasajero, que ya estaba todo bien. Pasando una mano por su pelo, se acercó a Kougami, pero esta vez con otras intenciones: al igual que hacía unos momentos, juntó sus labios con los ajenos, para tener una prueba final de que aquello no era un sueño, que no era una hermosa pesadilla de la que despertaría en cualquier momento.
Tomándolo por la cintura, Kougami acostó suavemente a Ginoza a su lado en la cama, sin dejar de besarlo. Frente a frente, de costado en aquel colchón pensado para una sola persona. Las lágrimas de Ginoza pasaron de ser de dolor a ser de emoción, de alegría por poder volver a estar así, luego de pensar que jamás volvería a sentirse de esa manera. Durante varios minutos, todo fue ternura entre ellos, hasta que comenzó a subir el nivel de temperatura corporal de ambos; después de todo, hacía ya tres meses que ninguno de los dos tenía ese tipo de contacto y sus cuerpos estaban reaccionando ante los estímulos que recibían.
Lentamente, las barreras de tela que separaban una piel de la otra comenzaron a desaparecer, siendo arrojadas al suelo. Las fuertes manos de Kougami recorrían todo el cuerpo de Ginoza, haciéndole dar respingos a cada momento, de excitación, de placer, de alegría y de emoción de volver a sentir aquel toque. Claro que, luego del tiempo transcurrido, ambos se pusieron duros con gran rapidez, luego de algunos minutos de juego previo. Ginoza frunció la cara al sentir que Kougami comenzaba a jugar en un zona intima, pasando su mano por todas partes, de adelante hacia atrás y de arriba hacia abajo.
- Qué te pasa? Acaso olvidé cómo hacerlo? -, preguntó Kougami al ver su expresión.
- Claro que… no -, admitió Ginoza. – Pero en todo caso, te mostraré cómo se hace -, dijo mientras tomaba el miembro del dueño de casa en su mano derecha y comenzaba a masajearlo, al tiempo que lo besaba para mantener el ambiente.
- Nngh… Sólo… déjame hacer algo… -, pidió Kougami, separándose por un momento y bajando su cabeza.
Ginoza lo vio descender como si pasara en cámara lenta: lamiendo todo su pecho sin dejar de masajearlo, hasta que su lengua llegó hasta abajo y comenzó a pasarla por su miembro, lentamente pero con una intensidad que le hacía ver las estrellas de placer. Pasando la mano por el pelo de Kougami, sentía cómo éste pasaba su boca por todas partes, desde la punta de su parte delantera hasta el fondo de su parte trasera, preparándolo para lo que se vendría luego.
- Ko… Kou, detente! -, exclamó agitadamente, mientras el dueño de casa se emocionaba particularmente jugando con su lengua en su trasero mientras no dejaba de mover rápidamente su mano por el miembro.
- No pienso… detenerme -, respondió Kougami en voz baja, aumentando la velocidad de sus masajes, que hicieron que rápidamente Ginoza descargara en su mano.
- Mira que eres maldito! -, volvió a protestar Ginoza, avergonzado de no haber podido aguantar más. La verdad era que, si bien se había ayudado a sí mismo varias veces, el toque ajeno hacía que llegara mucho más rápido a su límite.
- Y estoy a punto de ponerme peor -, dijo irónicamente el dueño de casa, mientras metía un par de dedos dentro de Ginoza, quien no pudo reprimir un gemido al sentirlo. – Vaya que te estabas contendiendo, eh Gino? Parece que ya estás listo con apenas muy poca preparación -, bromeó.
- Ya… cállate y hazlo, quieres? -, respondió el visitante, sonrojado y apartando la mirada.
- Sí, señor… Pero déjame mirarte a la cara, extraño ver tus expresiones -, pidió, mientras lo tomaba por la cintura y lo levantaba para ponerlo a una altura adecuada para penetrarlo.
Sin darle tiempo a responder, comenzó a tantear la zona nuevamente con su mano, masajeándole la próstata desde dentro y haciéndolo gemir de placer. Durante algunos minutos, realizó la preparación previa y, cuando creyó que ya estaba listo, comenzó a intentar entrar.
- Oye… No tengo lubricante… No sabía que esto pasaría -, admitió, algo apenado.
- No te preocupes… Sé que sabes hacerlo -, respondió Ginoza con una sonrisa, pasando sus brazos por alrededor del cuello de Kougami y atrayéndolo hacia sí para besarlo.
Tomando aquello como una señal de aceptación, Kougami nuevamente empujó hacia dentro de Ginoza, quien todavía se encontraba algo apretado, pero rápidamente se acostumbró a la sensación. Cuánto lo extrañaba! Esa estrechez, esa respiración, esa cara que no podía ocultarle nada, ese hombre que tan mal se había sentido luego de que él se hubiera visto forzado a escapar.
- A-aah! -, exclamó Ginoza, clavando sus uñas en la espalda de Kougami.
- Te duele? -, preguntó preocupado.
- N-no… Es sólo que… Lo extrañaba -, respondió con una sonrisa. – Te extrañaba.
- Gino! -, gritó emocionado Kougami, mientras lo tomaba entre sus brazos y lo abrazaba, levantándolo del colchón y, a la vez, entrando hasta el fondo dentro de él.
Luego de aquellos primeros momentos, ambos dejaron que la pasión los tomara por asalto y dejaron de pensar realmente en lo que hacían. Con cada vez más velocidad, Kougami entraba y salía de Ginoza, quien a su vez movía la cintura de un lado a otro para sentir más intensamente lo que tenía dentro suyo.
- Gi-Gino! Creo que… -, Kougami no podía respirar normalmente y hablaba de manera entrecortada.
- Lo sé, pue-puedo sentirlo! -, exclamó Ginoza, mientras volvía a tomar el cuello de Kougami y se levantaba del colchón para sentarse encima de las piernas dobladas de su compañero.
La penetración fue más profunda que en cualquier otro momento, ambos lo sabían. Luego de algunos movimientos de cadera y fuertes entradas, Ginoza sintió un latido en su parte trasera: el alivio en la respiración de Kougami le dio la pauta de que éste había llegado a su límite. Sintiéndolo hasta con el último nervio de su cuerpo, Ginoza se quedó unos momentos más en aquella posición, antes de levantarse y apartarse para caer rendido contra el colchón.
Mirando al techo, ambos quedaron exhaustos luego de aquella sesión. Varios minutos tuvieron que pasar hasta que alguno de los dos pudo hablar con normalidad:
- Iré al baño a lavarme un poco -, avisó Ginoza, antes de levantarse de la cama.
- Y qué harás con eso? -, preguntó Kougami en tono bromista, señalando la erección que tenía Ginoza, comenzada luego de la primera descarga.
- Pues… Ya se irá, sabes cómo son estas cosas, no molestes! -, respondió, molesto, girando la cabeza para intentar ocultar su vergüenza.
Abrió la ducha y se metió dentro para comenzar a enjuagarse: aquel baño, al ser una pequeña casa de campo, no contaba con un habitáculo separado para lavarse antes de entrar a la bañera. Mientras se pasaba jabón por todas partes, una voz lo sorprendió:
- Con permiso…
- Qué haces aquí? Espera tu turno! -, respondió algo enojado.
- Oh, vamos, Gino! Como si nunca te hubiera visto desnudo… -, rió Kougami, metiéndose con él a la bañera y comenzando a enjuagarse. – Además… Debes hacer algo con respecto a “eso”, no parece que vaya a irse tan fácil…
Tocándolo suavemente, y con ayuda del chorro de agua caliente, Kougami comenzó a masajear nuevamente a Ginoza, quien se apoyó contra la pared de baño, levantando la cabeza y dejándose mojar por el agua de la ducha. Repentinamente, los labios de Kougami se encontraron recorriendo su cuello y subieron hasta llegar a su boca, donde se quedaron jugueteando un rato, haciendo que sintiera más placer y se viniera más rápido.
- Ahora sí puedes enjuagarte -, dijo con la voz alegre Kougami, mientras hacía un hueco con su mano, llenándolo de agua y tirándosela a Ginoza en la cara juguetonamente.
- Ton… to -, sonrió Ginoza, mientras acariciaba el pelo mojado de Kougami y volvía a besarlo.
Luego de terminar de bañarse, cada uno se dirigió a su habitación a dormir, pero Kougami no pudo resistirse y se pasó al cuarto de Ginoza cuando éste ya estaba acostado. Mirando a la pared, de repente sintió cómo un brazo musculoso pasaba con encima de su espalda y lo abrazaba desde atrás, apretándolo con fuerza; sonriendo, acarició aquel brazo fuerte y se rindió al sueño, rogando despertar por la mañana y que todo siguiera siendo tan real como hasta ese momento.

Ginoza abrió sus ojos, sintiendo la cálida luz del sol filtrándose por la ventana: su cama estaba vacía y no había rastros de Kougami. Nuevos sentimientos de soledad lo invadieron, al igual que tres meses atrás, cuando éste había desaparecido sin dejar rastro. Pero, antes de que pudiera comenzar a reprocharse por haber sido tan confiado, la puerta de la habitación se abrió despacio, dando paso a una bandeja de desayuno sostenida por aquel hombre que había salido de su mente para sonreírle en la realidad.
- Buen día, Gino -, saludó Kougami, luego de apoyar la bandeja en el piso y darle un suave beso.
- Buen día, Kou -, respondió, también sonriendo.
Definitivamente, aquello no era un sueño: Kougami estaba vivo, la noche anterior había sido real y el alma de Ginoza estaba rebosante de felicidad.

14 de octubre de 2014

Biografía

Prólogo
Recostado en aquel callejón oscuro mirando al cielo, creyó que realmente iba a morir. Había perdido toda voluntad de vida, de salir adelante y buscar un futuro mejor. De verdad pensaba que allí acabaría su pobre existencia luego de una fuerte pelea con los guardaespaldas de cierto sujeto que las personas con las que él solía juntarse y hacerle “favores” habían mandado a seguir. Sin pensar siquiera que, minutos después, podría aparecer una mano amable que lo ayudase a ponerse sobre sus propios pies, Sagara Rei comenzó a reflexionar sobre su vida hasta aquel momento…

Pasado
Nacido en cuna pobre y sin tener idea de quién era su padre, Rei se crió prácticamente solo, ya que su madre debía trabajar gran parte del día para poder mantenerlos. Siempre se había preguntado sobre las familias de los compañeros de su escuela, sobre todo en la primaria, cuando todavía no comprendía demasiado bien de qué iba la vida. Una vez que hubo entrado a la secundaria, ya entendía perfectamente que debía prepararse su comida con lo que consiguiera o aprovechar cuando alguien quisiera convidarle una galletita o un caramelo; entendía perfectamente que debía llegar a su casa y ordenar todo para que su madre no lo regañara al volver; entendía que si quería salir adelante, debía juntarse con las personas adecuadas. Claro que a los ojos de un niño, cualquiera que le diera lo que necesitara era “el adecuado”.

A los doce años, cuando comenzó la secundaria baja, comenzó a darse cuenta de que “los adecuados” eran los bravucones de la escuela, aquellos que tenían todo lo que querían a fuerza de utilizar la violencia para conseguirlo. Rei ansiaba tener todo eso: ansiaba tener zapatillas nuevas, ansiaba tener lapiceras que funcionaran, ansiaba ser fuerte como aquellos chicos para poder defenderse cuando le fuera necesario. Paulatinamente, comenzó a acercarse a aquella peligrosa pandilla que aterrorizaba a los estudiantes de su edad e incluso a algunos más grandes. Al ver en él un potencial miembro a quien podían manejar fácilmente, la banda lo integró rápidamente, pidiéndole que hiciera las tareas más desagradables que nadie quería realizar.
De alguna manera, Rei lograba conseguir buenas notas aún sin necesidad de estudiar demasiado. Y luego, esas respuestas se las daba a la banda para que comerciara con ellas dentro del colegio y así conseguirse algo de dinero de bolsillo para andar. Luego de algunos meses, la pandilla notó que no solamente aquel chico tenía potencial para los negocios sino también aptitudes físicas, por lo que comenzaron a enviarlo a las peleas con las bandas enfrentadas con ellos. Claro que, siendo el colegio secundario, eran peleas por nimiedades como los espacios para el almuerzo o quién tenía derecho a darles algo a las chicas en el día de San Valentín. Por más ínfimas que fueran las luchas, Rei absorbía todo lo que iba aprendiendo: “después de todo, algún día quizás yo esté en su lugar y deba manejar a otro debilucho con potencial”, pensaba cuando le tocaba realizar alguna tarea que le disgustaba.

Habiendo cumplido los quince años, Rei ingresó a la secundaria alta con muchos de los que habían sido sus compañeros de pandilla en la escuela anterior, por lo que nuevamente se agruparon para tomar control de aquel lugar, “disciplinando” a quienes se atrevían a contradecirlos o a ponerse en su camino. Claro que al crecer, también crecieron las “tareas” que debían realizar: con toda la energía que tiene dentro un adolescente, se creían que por tener a toda la escuela a sus pies, podrían apoderarse del mundo extraescolar también y comenzaron a robar o a pelear con pandillas barriales por el territorio.
Por supuesto, al comienzo terminaban todos arruinados y golpeados tirados en el suelo, con sus agresores amenazándolos con que si volvían a meterse con ellos, se las verían peor. Pero a medida que iba pasando el tiempo, se volvieron más fuertes; Rei fue ascendiendo posiciones conforme aprendía a defenderse mejor y a tratar con gente indeseable para quitárselos de encima de manera efectiva y útil para la banda.
Durante el último año de escolaridad, Rei asistió, como el resto de sus compañeros, a las charlas orientativas para decidir qué camino tomar en cuanto a sus estudios universitarios. Sus profesores le insistían en que tenía un gran potencial intelectual y que debía asistir a la universidad, fuera como fuera. Rei intentaba explicarles que no haría nada de eso, ya que él ya tenía una manera de conseguir dinero para sobrevivir y, además, no tenía manera alguna de reunir el dinero suficiente para pagarse una carrera.

Terminada la escuela, Rei fue lanzado al mundo adulto sin una meta fija ni un trabajo estable que le diera dinero mensualmente. Habiendo logrado una gran fama en el bajomundo por sus dotes marciales, comenzó a realizar nuevamente “tareas” para la pandilla que más le conviniese en cada momento. Fue en medio de una de esas tareas, en la que debía entregar un bolso con dinero a unos traficantes a cambio de una gran cantidad de droga para distribuir en los clubes nocturnos, cuando recibió una llamada urgente del hospital: su madre había sido ingresada y lo tenía a él como contacto de emergencia. A pesar de no haber estado en contacto con ella durante los pasados meses, Rei todavía sentía algo de afecto por su madre y salió corriendo hacia el hospital luego de entregar la droga a sus jefes.
Rei conocía muy bien el hospital público, ya que había estado allí en repetidas ocasiones luego de peleas especialmente crudas que lo habían dejado terriblemente golpeado o con algún hueso roto. En cuanto llegó, se dirigió a la recepción a preguntar por su madre y lo enviaron a hablar con el médico que la había atendido. Una vez que hubo encontrado la oficina de aquel doctor, golpeó la puerta y entró, presentándose como quien era y explicando las circunstancias que lo habían llevado allí. Con expresión afligida, el médico le comunicó que su madre había sido víctima de un accidente de tránsito y había fallecido media hora antes. Ante la sorpresa del profesional, Rei lo único que preguntó fue si debía ir a reconocerla a alguna parte o si había algún papeleo por realizar. El médico lo llevó hasta la morgue del hospital en el segundo subsuelo y se retiró, dejándolo a solas con el cuerpo de aquella mujer muerta por un conductor ebrio.
En una blanca camilla de limpias sábanas, yacía su madre, con expresión vacía y piel pálida. Aunque no se habían hablado casi durante los pasados meses, Rei sintió como si un gran agujero negro se abriera en medio de su pecho, listo para tragárselo y llevárselo hacia la más profunda oscuridad. Por alguna razón, las lágrimas comenzaron a brotar involuntariamente de los ojos de Rei, humedeciendo su cara y nublando su mirada. Después de todo, aunque no hubieran sido cercanos, había sido la persona que jamás lo había abandonado, que lo había criado lo mejor que le había salido… Y ahora, él no tenía dinero ni siquiera para darle un entierro apropiado ni un funeral para despedirla. Sorprendiéndose de sus propios sentimientos, Rei estrelló su cabeza contra aquella camilla que sostenía a su madre como si fuera de piedra, mientras se rendía ante el llanto que pedía a gritos ser liberado.

Presente
Luego de la muerte de su madre, Rei había vuelto a sus “tareas” con la pandilla. Cada vez más lanzado, sus jefes temían por su vida y le decían que no era necesario que se arriesgara tanto, que podían enviar a alguien más en su lugar. “Necesito el dinero, díganme qué tengo que hacer,” era su frase de cabecera. Ante tal determinación y firmeza, los altos mandos de la banda no tenían más opción que asignarle las tareas que sabían que podría cumplir a la perfección.
“Mira, esta persona dice que tiene un gran cargamento de armas escondido en un contenedor, pero nosotros no le creemos,” le habían dicho sus superiores, “necesitamos que averigües lo más que puedas acerca de este sujeto, para luego poder evaluar si hacemos negocios con él o no.” Rei creyó que le estaban dando una tarea demasiado sencilla para lo que normalmente hacía, pero aceptó de todos modos porque la cantidad de dinero que le pagarían era llamativa.
Aquel tipo tenía una vida agitada, pero a Rei le resultó muy sencillo seguirlo a donde quiera que fuera: al gimnasio, al centro comercial, a la escuela de sus hijos. Hasta la tarde, cuando Rei se distrajo un momento para llamar a sus superiores y darle el reporte, el hombre no había hecho nada sospechoso ni que lo vinculara con el tráfico de armas o la policía. Mientras hablaba por celular, un hombre de gran porte se le había ido acercando desde atrás, de forma que era imposible que Rei lo notara. Una vez que hubo cortado la llamada, Rei sintió un fuerte golpe en la parte baja de su espalda que lo hizo caer de rodillas al suelo. “Aléjate, o la próxima será peor,” le había dicho aquel sujeto antes de retirarse. Rei, acostumbrado a las amenazas y los aprietes, recuperó el aire mientras veía al hombre alejarse y se incorporó, dispuesto a continuar con su “tarea”.
Por la noche, cuando el hombre había ido a cenar con su familia a un restaurant en el centro, Rei volvió a ver a aquel gran hombre acercándosele despacio con expresión poco amistosa. Comenzó a alejarse caminando hacia atrás, mientras el sujeto aceleraba su paso gritándole “te dije que te alejaras o que sería peor!” Antes de darse vuelta para comenzar a correr, Rei alcanzó a ver a otros dos hombres con aspecto de guardaespaldas sumarse a la marcha de aquel que lo había golpeado más temprano. Luego de escapar durante algunas cuadras, Rei terminó en un callejón sin salida luego de haber calculado mal las calles y girado en el lugar equivocado. Preparado para pelear, Rei se puso en posición mientras los tres hombres se le acercaban lentamente, haciendo tronar sus dedos.
La pelea fue sucia, desigual y más violenta que la mayoría de las que Rei estaba acostumbrado a tener. Si bien logró defenderse durante algunos minutos, terminó acostado de espaldas en el frío suelo, con los tres hombres mirándolo desde arriba con la mirada burlona y sonrisas de desprecio. “Ahora entiendes, niñato? A-lé-ja-te” le habían dicho, dándole una patada final antes de alejarse riendo.
“Por qué lleva a sus guardaespaldas a una cena familiar?” se preguntó Rei, “Espera, acaso no es Navidad hoy?” reflexionó mientras una alegre melodía sonaba en la calle en la que desembocaba aquel oscuro y desierto callejón. Todos los recuerdos de navidades pasadas volvieron a él, con un sentimiento de lejanía que lo absorbía completamente, al igual que aquel agujero negro que se había abierto en su alma el día de la muerte de su madre. Decidió dejarse llevar por aquella oscuridad, sintió que no podría recuperarse nunca más de aquella pelea y que no valía la pena ir al hospital a curarse; después de todo, la mañana llegaría y alguien encontraría su cuerpo congelado en aquel callejón desierto, alejado del  mundo y del ruido, donde apenas los ecos de las canciones navideñas lograban colarse por entre los muros.

Futuro
Allí acostado, con el agua cayendo de los desagües vecinos mezclándose con las lágrimas y la sangre en su golpeada cara, Rei pensó que así debía sentirse morir. Cerro los ojos y fue desvaneciendo lentamente todos sus sentidos: la vista la tenía bloqueada por sus párpados cerrados, pero aun así podía sentir los pequeños lagos que se le formaban antes de que las lágrimas cayeran por el rabillo del ojo; la falta de abrigo hizo que paulatinamente fuera perdiendo sensibilidad en los dedos y cualquier parte que estuviera en contacto con el exterior; sus oídos fueron dejando de oír aquellas alegres melodías navideñas para dar paso a un débil eco de sus pensamientos dentro de su cabeza; dejó de sentir los olores propios del suelo de un callejón, como basura y desperdicios animales; finalmente, su boca dejó de sentir el fuerte sabor a hierro de su sangre para sentir el gusto del frío, Rei jamás pensó que el frio podía tener un sabor propio, pero así era.
Antes de desvanecerse por completo, Rei sintió que había una presencia en aquel callejón y abrió lentamente los ojos para ver de quién o de qué se trataba.
“Ah, estás vivo! Gracias a Dios,” escuchó que aquella persona le decía al verlo abrir los ojos, “estás herido? Te llevaré a un hospital”. La figura de aspecto extranjero y pelo color oro que le hablaba parecía no tener una sola nota de maldad en su voz. La experiencia le había enseñado a desconfiar de la amabilidad de las personas, por lo que rechazó el ofrecimiento de ayuda. El hombre insistió en llevarlo  aún hospital, pero al ver que Rei no pensaba ceder, le dejó su abrigo con algo de dinero y un boleto a una obra de teatro.

Epílogo
Rei no sabía exactamente qué pensar acerca de aquella persona que había sido tan amable con él sin esperar nada a cambio, pero decidió que aquella oportunidad era un guiño de la vida diciéndole que no debía abandonar aún, que tenía cosas por hacer y que no podía morir en ese momento. Tomó el abrigo de aquel sujeto, se lo puso y se encaminó hacia el teatro indicado en el boleto. Le devolvería su abrigo y cada centavo que había en esa billetera. Decidió que, si viviría, lo haría de la manera correcta.